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miércoles, noviembre 3

"CUANDO EL CALZADO ES CÓMODO, TE OLVIDAS DEL PIE" (Osho)

CAPÍTULO 4 - GALLO DE PELEA

Chi Hsing Tzu criaba gallos de pelea para el emperador Hsuan.

Estaba entrenando un ave muy buena. El emperador no dejaba de preguntarle si el gallo estaba listo para pelear.
-Todavía no –contestó el criador-. Está que arde. Está dispuesto a iniciar una pelea con cualquier otro gallo que vea. Se muestra engreído y demasiado seguro de sí mismo.

Al cabo de diez días volvió a contestar:
-Todavía no. Se enciende en cuanto oye cacarear a otro gallo. Y diez días más tarde:
-Todavía no. Sigue teniendo esa mirada fiera y encrespa las plumas.

Después de otros diez días, el criador dijo:
-Ahora está casi listo. Cuando oye cacarear a otro gallo ni siquiera pestañea. Se queda inmóvil como un pedazo de madera.
Es un luchador maduro. Los otros gallos le pondrán la vista encima y saldrán corriendo.

LA MENTE HUMANA siempre acaba en el ego: ese es su crecimiento final. Así que primero hay que comprender cómo la mente humana se convierte en el ego.

El ego es la barrera: cuanto más se es, menos divino se puede ser; cuanto menos se es, más disponible se está para el divino. Si permanecéis totalmente vacíos, el divino se convierte en el huésped; y se convierte en el huésped sólo cuando estáis totalmente vacíos, cuando ni siquiera resta un fragmento de vosotros. Entonces vosotros os convertís en los anfitriones, y él en vuestro huésped. Cuando no sois, vosotros mismos sois los anfitriones; cuando sois, todas las oraciones son en vano, todas las invitaciones falsas. Cuando sois, es que todavía no le habéis llamado porque la llamada sólo puede ser auténtica cuando no se es. Es la sed silenciosa de un ser vacío, una plegaria en silencio sin ninguna palabra de una mente que ya no es, de un ego que se ha disuelto.

En una ocasión, el mulá Nasrudín vino a verme, muy preocupado, triste y perplejo, y me dijo:
-Estoy muy preocupado. Ha surgido un problema, y no soy un creyente ciego, soy un hombre racional.

Así que le pregunté:
-¿Cuál es el problema?
-Esta mañana vi un ratón sentado sobre el Corán, ¡sobre el sagrado Corán! Así que me inquieté: si el Corán no puede protegerse a sí mismo contra un ratón normal y corriente,
¿Cómo podrá protegerme a mí? Toda mi fe saltó hecha pedazos, y mi ser quedó sin sosiego. Ahora ya no puedo creer en el Corán. ¿Qué puedo hacer? –me dijo.
Así que yo le respondí:
-Bueno, lo más lógico sería empezar a creer en el ratón, porque ha visto con sus propios ojos que es más fuerte que el sagrado Corán.
Y claro está, la fuerza es el único criterio para la mente, el poder es lo que busca la mente. Nietzsche tiene razón.
-El hombre no es sino una voluntad de poder. Y ahora usted ha visto con sus propios ojos que un ratón es más poderoso que el sagrado Corán –le dije a Nasrudín-
Se quedó convencido. Claro está, no había manera de escapar de la lógica, así que empezó a venerar al ratón. Pero al cabo de poco volvía a tener problemas porque un día al ratón le saltó encima un gato. Pero en esta ocasión no vino a preguntarme nada; ahora tenía la respuesta en su mano: empezó a venerar al gato. Pero volvió a tener problemas, porque un perro se encargó del gato, y este empezó a temblar, así que Nasrudín empezó a venerar al perro. Pero las cosas volvieron a torcerse.

Un día su esposa dio tal paliza al perro que lo mató. Entonces volvió a verme.
-Ah, todo esto ya es demasiado. Puedo venerar a un ratón, a un gato, hasta a un perro, pero no a mi propia esposa.
-Nasrudín, usted es un hombre racional, y esa es la dirección en la que va la lógica. No puede echarse atrás, tiene que aceptarlo –le dije.
-Ya sé lo que haré. Tomaré una fotografía de ella sin que nadie lo sepa y me meteré en mi habitación, cerraré la puerta desde dentro y la veneraré. Pero, por favor, no se lo diga a ella.
Así que empezó a venerarla en secreto, en privado. Las cosas iban bien. Pero un día la esposa del mulá Nasrudín vino corriendo a verme y me dijo:
-Hay algo que no marcha bien desde hace bastantes días. Creemos que se ha vuelto un poco loco porque primero ha venerado a un ratón, luego a un gato, después a un perro, y desde los últimos días hace algo en secreto en su habitación. Se encierra y no deja entrar a nadie. Pero hoy, por curiosidad, miré por el ojo de la cerradura y lo que vi es más de lo que puedo soportar.
- ¿Qué estaba haciendo? –pregunté.
-Venga y véalo usted mismo –me respondió.
¡Así que tuve que mirar por el ojo de la cerradura! Nasrudín estaba de pie, desnudo, frente a un espejo, ¡venerándose a sí mismo! Llamé a la puerta y él salió y dijo:
-Ésta es la conclusión lógica. Esta mañana me enfadé y sacudí a mi esposa, así que pensé: “Soy más fuerte que ella”. Y por eso ahora me venero a mí mismo.

Así es cómo la mente se mueve hacia el ego: el destino final es “Yo”. Y si escucháis a la mente, tarde o temprano acabaréis llegando a ese objetivo: tendréis que veneraos a vosotros mismos. Y no estoy bromeando. Eso es lo que está haciendo toda la humanidad. Han sido apartados todos los dioses, los templos no tienen utilidad alguna y el hombre se venera a sí mismo. ¿Cómo ha sucedido?

Si escucháis a la mente, acabará convenciéndoos, mediante argumentos sutiles y a cada uno de vosotros, de que sois el centro del mundo, de que sois el ser más importante del mundo, el más superior; de que sois Dios. Esta actitud egoísta llegará; es el paso lógico y final. Y aunque la mente dude de todo nunca dudará del propio ego.

Siempre que la mente siente que tiene que rendirse, alberga dudas. Dice: “¿Pero qué estás haciendo? ¿Rindiéndote a un maestro? ¿Rindiéndote a un dios? ¿En un templo, o en una iglesia? ¿Rindiéndote a la oración y el amor? ¿Al sexo? ¿Pero qué estás haciendo? Te has vuelto loco. Permanece atento y contrólate o te perderás”.

Siempre que hay algo que puede abandonarse la mente se resiste. Por eso la mente está contra el amor, porque el amor es rendición. El ego no puede existir en el amor. Por eso la mente está contra un maestro, contra un gurú, porque el ego tiene que rendirse; de otra manera, el maestro no funciona. Por eso la mente está contra Dios, porque si hay un dios entonces nunca podréis ser el más superior; entonces el ego será inferior, y nunca podréis ser entronizados en el pedestal más alto de todos, así que no podéis permitir la existencia de Dios.

Nietzsche dice: Para mí es imposible permitir que haya un dios, ¿Por qué, entonces, qué sería de mí?; así que me elijo a mí mismo, no a Dios. Por eso dijo: Dios está muerto y el hombre es ahora libre, absolutamente libre. Nietzsche marcó la pauta para todo el siglo; fue el profeta del siglo. Está en la base de todos nosotros, tanto si le conocéis como si no; está en lo más profundo de todos los que habéis nacido en este siglo. En vuestro interior Dios está muerto, solo el ego está vivo. Y recordad: ambos no pueden existir a la vez.

En el Antiguo Testamento hay una frase muy bella: “No se puede ver a Dios vivo”. El significado es el mismo: cuando ves a Dios tienes que morir, no puedes ver a Dios y seguir viviendo. Sólo puede verse a Dios cuando se muere, porque uno mismo es la barrera, el muro. Ego o Dios, así es como son las cosas; no se puede tener a ambos. Y si se intenta tener a ambos, uno acaba con el ego y matando a Dios, en el interior. En la existencia, Dios no puede morir; pero en vuestro interior, Dios estará muerto. No puede estar ahí. Le habéis echado porque estáis demasiado llenos de vosotros mismos. Sois demasiado. Y el ego no es poroso; no dispone de espacio para nadie más. Es muy celoso, absolutamente celoso. No permitirá que nadie más entre en el santuario más profundo de vuestro ser. Siempre quiere ser el único soberano.

La mente siempre está en contra de rendirse. Por eso, al ir tomando cada vez mayor importancia, la mente ha hecho desaparecer todas las dimensiones de la rendición. Este siglo sufre porque no puede rendirse. Ese es el problema. Ese es el punto crucial de la mente moderna; y no hacéis más que preguntar: ¿Cómo puedo amar? La mente no puede amar. La mente puede ir a la guerra, eso es fácil, pero no puede ir hacia el amor -eso es imposible-, porque en la guerra la mente puede existir, pero en el amor debe rendirse.

Amar significa dar poder al otro sobre uno mismo. Y tenéis miedo de hacerlo: significa que el otro cobra tanta importancia, mucha más que vosotros mismos, que en caso de crisis deberéis sacrificaros por vuestro amante. El amante es entronizado: vosotros os convertís únicamente en un sirviente, pasáis a ser sólo una sombra. A la mente le resulta muy difícil. Por eso el amor no es posible e incluso el sexo se convierte en imposible. Porque incluso en el sexo llega un momento en que tenéis que dejaros ir, sólo entonces puede tener lugar el orgasmo, sólo entonces el cuerpo puede llenarse de una nueva energía, nuevas vibraciones, de bioelectricidad. Puede pasar a ser un flujo vibrante y radiante -perdiéndoos a vosotros mismos-. Pero ni siquiera eso es posible.

La eyaculación no es el orgasmo, es sólo el componente físico. El orgasmo es psíquico, espiritual. La eyaculación es fútil; puede aliviar el cuerpo, eso es todo. Funciona como una válvula de seguridad: cuando hay demasiada energía, la liberáis eyaculando, pero no es lo auténtico. Lo auténtico es cuando se llega al punto culminante de energía, al punto culminante del éxtasis, y desde ese punto culminante se deja todo, y todo vuestro cuerpo se relaja. Primero, todo el ser vibra con una nueva música: está en sintonía con el cosmos, el ego no está, se es sólo energía; no hay nadie dentro, sólo energía que se mueve como un río que todo lo anega. Y entonces la inundación desaparece, el río se relaja y os encontráis en sintonía con todo el universo; eso es orgasmo. El orgasmo es un fenómeno interno.

Pero el orgasmo se ha convertido en algo imposible, y a causa de esa falta de orgasmo, el noventa por ciento de las personas son neuróticas de una manera sutil. Y sucede así porque habéis perdido el acceso más fácil al divino. Habéis perdido la posibilidad natural de ser uno, aunque sólo fuese por un momento, con el todo. Y el todo rejuvenece, el todo os da vida y energía, el todo os refresca. Y lo viejo es destruido por el orgasmo: toda la energía se renueva, se torna fresca y rejuvenece. Si no, cada día que pasa estáis más apagados y muertos. Pero eso se ha convertido en algo imposible por causa del ego. El problema es el mismo, tanto en la dimensión del sexo, como del amor, la oración o la meditación: el problema es el mismo. Tenéis que rendiros y el ego no puede rendirse, sólo puede luchar.

¿Por qué el ego está siempre dispuesto a luchar? En todo momento estáis dispuestos a saltar sobre alguien, a encontrar una excusa para luchar, discutir y encolerizaros. ¿Por qué el ego siempre busca la lucha? Por que luchar es combustible: al luchar se siente poderoso; a través de la lucha existe. El ego es la violencia más profunda, y si queréis reforzar vuestro ego, lo único que hay que hacer es pelearse continuamente. Durante las veinticuatro horas del día debéis luchar contra una cosa u otra. Pero para que pueda existir un desafío, un conflicto, y poder mantener el ego, debe existir un enemigo.

El ego necesita una guerra continua. ¿Por qué? En primer lugar, porque en la guerra acumula energía. Y en segundo lugar, porque el ego siempre está asustado, por eso está siempre listo para luchar, porque tiene miedo. El ego nunca puede ser valiente, nunca. ¿Por qué? Porque es algo falso, no es natural, no forma parte del Tao. Se trata de un dispositivo humano falso; hay que hacerle caso y mantenerlo continuamente. Si no le haces caso desaparece, y ese es el miedo. Así hay que estar atento.

Si pudierais vivir una existencia sin ego aunque sólo fuese durante veinticuatro horas, os sorprendería, estarías asombrados, desconcertados. ¿Qué le habría pasado a ese ego con el que habéis cargado durante tantas vidas? Desaparecería porque necesita repostar continuamente, una y otra vez… No es un fenómeno natural; no cuenta con energía ilimitada en sí mismo.

La existencia prosigue continua y eternamente; tiene algo de eterno, de inagotable.

Ese árbol puede morir, pero otro árbol surgirá para sustituirlo; la energía se traslada a otro árbol. Vuestro cuerpo puede acabar desapareciendo, pero la energía irá a parar a otro cuerpo. En lo más profundo de vosotros, al igual que todo lo que existe, hay una energía eterna que puede extinguirse. Necesitáis combustible para el cuerpo. Si no coméis o bebéis, acabáis muriendo. Si no coméis, moriréis en tres meses; si no bebéis, moriréis en tres semanas; si no respiráis, moriréis en tres minutos. El cuerpo necesita combustible constantemente porque no es un fenómeno eterno.

Pero la conciencia no necesita combustible. Cuando este cuerpo muera, vuestra conciencia se trasladará a otro útero. La conciencia es movimiento perpetuo. Es energía inagotable, sin principio ni fin. Nunca empezó y nunca acabará. Por eso no hay miedo cuando sois uno con la conciencia. El miedo sólo desaparece cuando se alcanza la fuente eterna, inmortal, lo que no puede morir, lo imperecedero.

Y el ego es muy frágil; está a punto de perecer a cada instante. Y todo el mundo puede matarlo, puede acabarse con él sólo con un gesto, con una mirada. Si alguien os mira, entonces el ego se siente turbado. Ese hombre parece ser un enemigo. Un gesto de animosidad y os echáis a temblar porque el ego es frágil. Es algo falso y artificioso, hay que cuidarlo. Por eso hay tanto miedo, y en medio de este miedo, de este temor oceánico, os las arregláis para crear unas pocas islas de valentía. Si no, sería demasiado difícil.

Os creéis valientes –incluso un cobarde, el cobarde más cobarde entre los hombres, se cree valiente- porque ese también es un problema muy complejo. El ego tiene miedo, está asustado porque la muerte puede llegar en cualquier momento. La muerte puede suceder en el amor; la muerte puede sobrevenirle al ego en la oración; el ego deberá morir en cualquier relación profunda. El ego deberá morir incluso al mirar una rosa sin pensar. Incluso una rosa puede matarlo: es tan frágil… tan débil, es como un sueño, carece de toda sustancia. Así pues, incluso asustados y pensando continuamente en la muerte en vuestro interior, no por ello dejáis de creeros valientes. Así es como esa valentía, esa intrepidez, ese “no soy un cobarde”, ayuda a vuestro ego. Si realmente os dierais cuenta de que el ego es un cobarde, que “yo soy un cobarde” –si os dierais cuenta de que ese ego es sólo miedo-, entonces no os ocuparíais de él. Lo abandonaríais. ¿Para qué cargar con una enfermedad? Pero la enfermedad está oculta y pensáis que no lo es; más bien os imagináis que es la única salud.

Resulta que el mulá Nasrudín se casó. Se fue a las montañas a pasar la luna de miel. La primera noche, a medianoche, alguien llamó a la puerta. Nasrudín se levantó y abrió la puerta. Apareció un hombre con una pistola en la mano, un ladrón. Entró. Pero se olvidó del robo en cuanto vio a la esposa del mulá Nasrudín, que era una bella joven. Se olvidó de todo deseo de robar. Y le dijo al mulá Nasrudín:
-Quédate en ese rincón.
Entonces trazó un círculo a su alrededor y le dijo:
No des un paso fuera del círculo, si das un paso, estás acabado. Luego besó a la esposa de Nasrudín y le hizo el amor.
Cuando se hubo marchado, la esposa dijo:
- ¿Pero qué clase de hombre eres? ¡Ahí de pie observando a otro hombre hacerle el amor a tu esposa!
- ¡No soy ningún cobarde! –Dijo Nasrudín, y continuó triunfante-: ¡Siempre que me daba la espalda salía del círculo, y no sólo en una ocasión, sino tres veces!

Así es como el ego se las apaña para cuidar de sí mismo, saliendo del círculo. Cuando os dan la espalda, cuando la muerte no os mira, entonces dais un paso. Y no sólo una vez, sino ¡tres! Y entonces os sentís bien. Y os digo que todos estáis en un rincón metidos en un círculo. Estáis ahí metidos y de vez en cuando salís sólo para sentir que no sois cobardes. Pero el ego es un cobarde, no puede ser otra cosa. No se puede ser valiente con ego; es algo imposible, no es natural.

¿Por qué es imposible? ¿Cómo puede el ego carecer de miedo? No puede ser eterno, no puede ser inmortal, la muerte es algo que le sucederá. El ego es un fenómeno creado, por vosotros mismos, pero acabará desaparecido. ¿Cómo se puede ser valiente frente a la muerte, que es una certeza? A veces podéis salir del círculo, eso es todo. Pero mientras haya ego no puede haber carencia de miedo. Así que recordad tres palabras: una es “cobarde”, otra es “valiente”, y la tercera es “sin miedo”. La cobardía forma parte del ego, la parte más profunda, su centro; y la valentía es saltar tres veces fuera del círculo. También forma parte de la cobardía, pero está oculta, decorada. Es una herida con flores encima, una herida oculta mediante flores. La valentía no es más que cobardía decorada y refinada; dentro de todo hombre valiente hallaréis un cobarde. Incluso vuestros Napoleones, Hitleres y Alejandros no son más que cobardes. Su valentía no es más que saltar fuera del círculo tres veces, pero en su interior no hallaréis más que el mismo cobarde temblón. A fin de ocultar ese cobarde, proyectáis valentía; la valentía no es sino un truco. Y ahora eso es algo que también saben los psicólogos.

La religión siempre ha sido consciente de que para ocultar algo se proyecta lo contrario. Si estás loco, tratarás de proyectar a tu alrededor algo de sabiduría a fin de ocultar ese hecho. Si eres feo, te embellecerás el cuerpo, el rostro, el cabello, para tratar de ocultar el hecho de que eres feo. Intentarás hacerlo mediante ropa y adornos. Si te sientes inferior interiormente, proyectarás superioridad, justo para decirles a los demás: “No soy inferior”. Si te sientes una nulidad –y eso es algo que todo el mundo siente, porque con ego todo el mundo es un don nadie-, entonces tratarás de proyectar, reforzar y subrayar que eres alguien.

La cobardía y la valentía son dos caras de la misma moneda: el miedo está presente en ambas porque son los dos rostros del miedo. Uno es simple y directo, mientras que el otro es astuto y oculto, un hombre valiente es un cobarde astuto.

He escuchado:

En una ocasión un soldado que luchaba en el frente se asustó tanto que empezó a correr hacia la retaguardia. Lo detuvo un oficial, que le preguntó:
-¿Qué estás haciendo? ¿Adónde te diriges? ¡La lucha está ahí delante! ¿Es que eres un cobarde?
Pero el hombre estaba tan asustado que no se molestó en contestar y continuó corriendo. El oficial lo siguió, consiguió atraparlo y dijo:
-¿Adónde vas corriendo? ¿Por qué no respondes? ¿Es que no sabes quién soy? ¡Soy tu general!
-Dios mío, ¿ya he retrocedido tanto? –dijo el soldado.

Vuestros generales, vuestros líderes, siempre están en la retaguardia. Nunca los matan, nunca tienen problemas, son unos perfectos cobardes presumiendo de ser los más valientes. Hay otros que mueren por ellos mientras están en la retaguardia. Vuestros Napoleones, Hitleres y Alejandros no son más que cobardes proyectando, creando un fenómeno que es justo el contrario del que sienten interiormente. Es algo que hay que recordar; sólo entonces podéis recordar una tercera posibilidad: la carencia de miedo. Un hombre sin miedo no es ni cobarde ni valiente. No puede serlo, porque no tiene miedo. Un Mahavira, un Buda, un Chuang Tzu, un Jesús, no son hombres valientes, de ninguna manera, porque no son cobardes. ¡Sólo puedes ser valiente cuando se es cobarde! Sólo podéis salir del círculo tres veces si estáis dentro del círculo; si no, ¿cómo podrías salir de él? Si no estuvieseis de acuerdo para permanecer de pie en el círculo, ¿cómo podrías salir de él para demostrar vuestro valor?

Un hombre sin miedo es alguien que conoce lo imperecedero de su interior, que ha llegado a comprender lo inmortal, la eternidad más íntima. Entonces deja de haber miedo, y también deja de haber valentía, porque la valentía no es sino una tapadera. Un hombre así no es ni un loco ni un sabio, porque la sabiduría no es más que otra tapadera. Y este hombre no está dividido en opuestos: un hombre así es una unidad, es uno, es un fenómeno único; y esa es la razón por la que no se le puede definir. Es imposible definir a un buda. ¿Cómo se le podría definir? ¿Lo llamarías cobarde? ¡No podéis! ¿Lo llamaríais valiente? ¡No podéis! ¿Lo llamarías loco? ¡No podéis! ¿Lo llamaríais sabio? ¡No! Porque la sabiduría es lo contrario de la necedad y la valentía lo contrario de la cobardía.

¿Cómo llamarías a un buda? Lo llaméis como lo llaméis, estaréis equivocados. Delante de un buda sólo se puede estar en silencio. ¿Dirías que es un pecador o un santo? No, no es ninguna de ambas cosas. ¿Cómo se puede ser un santo sin concebir el pecado? La santidad no es sino un decorado, una tapadera. Ese es el problema. Siempre que aparece un buda surge el mismo problema: no podemos definirlo, no podemos colocarlo en ninguna categoría. No podéis etiquetarlo, no hay forma de situarlo. O pertenece a todas partes o a ninguna. Trasciende todas las categorías. No se le puede encasillar. Todo el lenguaje se viene abajo frente a un buda, la mente se aquieta. No podéis decir nada relevante. No tiene miedo, carece de mente; no podéis decir que es un loco o un sabio porque para ambas cosas se necesita una mente…