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sábado, junio 26

“AUSENCIA DE FELICIDAD” (Kenneth Wapnick)

Capítulo 17 – La realidad de Jesús
El canto de oración: el folleto

 

En las primeras páginas de El canto de oración encontramos las siguientes aseveraciones las cuales se refieren al mismo tema del orar pidiendo cosas específicas:

«La oración es el mayor regalo con el cual Dios bendijo a Su Hijo al crearlo. Era ésta entonces lo que ha de llegar a ser: la única voz que el Creador y la creación comparten; el canto que el Hijo entona al Padre, Quién devuelve a Su Hijo las gracias que el canto Le ofrece (O-1.in. 1:1-2)».

Así que la oración se usa como sinónimo del estado de perfecta unidad entre Dios y Cristo, creador y creación. Es a la memoria de esa unidad en nuestras mentes divididas a lo que el Curso se refiere como el Espíritu Santo, y el cual se manifiesta como Jesús para nosotros en el sueño de este mundo. Y, sin embargo, repito, puesto que no estamos listos para hacer a un lado nuestro miedo a aceptar el amor de quién somos, necesitamos aceptar este amor en las formas en que podamos aceptarlo:

«Para ti que te encuentras brevemente en el tiempo, la oración toma la forma que mejor se ajusta a tu necesidad. Sólo tienes una… [La oración] no es sólo una pregunta o una súplica. No puede tener éxito hasta que no te des cuenta de que no pide nada… La verdadera oración debe evitar la trampa de la súplica. Pide, en su lugar, recibir lo que ya se ha dado; aceptar lo que ya está ahí (O.in.2:1-2; O-1.1.1:2-3, 6-7)».

Sin embargo, no debemos olvidar que tal petición es ilusoria, y, por lo tanto, puede tentarnos a olvidar que la verdad ya está presente en nuestro interior, y sólo necesita que se la acepte. El folleto continúa:

«Se te ha dicho que le pidas al Espíritu Santo la respuesta a cualquier problema específico, y que recibirás una respuesta específica si esa es tu necesidad. También se te ha dicho que hay un solo problema y una sola respuesta. En la oración, esto no es contradictorio… no es la forma de la pregunta lo que importa, ni tampoco la manera como se formula. La forma de la respuesta, si es dada por Dios, se ajustará a tu necesidad tal como tú la ves. Esto es simplemente un eco de la respuesta de Su Voz. El verdadero sonido es siempre un canto de acción de gracias y de amor (O-1.1.2:1-3, 6-9)».

Aquí encontramos la misma enseñanza que aparece en el mensaje especial, pero se presenta ahora de manera más generalizada. También encontramos aquí el principio que explicaría la forma en la cual Un curso de milagros llega; a saber, que la forma de la enseñanza se adapta, tal como Jesús lo ha estado explicando arriba, a la necesidad de enseñanza específica de la sección en cuestión. En el contexto de la oración como un proceso, lo que Jesús dice refleja el final del proceso donde entendemos que sólo hay un problema –la separación- y una solución –el que se acepte la Expiación-; en otras ocasiones él está reflejando las etapas iniciales del proceso, donde experimentamos que el Espíritu Santo resuelve nuestros problemas. La verdadera solución a nuestros problemas, sin embargo, siempre descansa en la única Respuesta, que es el Amor de Dios, el cual es el «verdadero sonido» del canto de oración. Como Jesús nos explicará ahora, es la experiencia de la canción lo que en verdad queremos –su amor- no las formas ilusorias en las cuales podamos experimentar el reflejo:

«No puedes, por lo tanto, pedir el eco. Es la canción lo que constituye el regalo. Con ella vienen los sobreagudos, las armonías, los ecos, pero estos son secundarios. En la verdadera oración sólo escuchas el canto. Todo lo demás es simplemente agregado. Has buscado primero el Reino de los Cielos, y ciertamente, todo lo demás se te ha dado por añadidura (O-1.1.3)».

En otras palabras, al continuar el tema de su mensaje especial a Helen, aquí Jesús les está advirtiendo a todos los estudiantes de su Curso que lo que en verdad ellos quieren es la paz de Dios, no sus reflejos específicos. La realidad del amor es el deseo de nuestro corazón, no las manifestaciones ilusorias; es el maravilloso canto del Amor de Dios lo que anhelamos recordar, no los varios ecos que se desvían a través de nuestras mentes temerosas. El propósito de Jesús en nuestras vidas no es concedernos nuestras peticiones específicas ni contestar preguntas específicas, sino más bien recordarnos la única Respuesta a todas estas preocupaciones, que descansa tranquilamente dentro de nuestras mentes, esperando con paciencia que le demos nuestra bienvenida. Como afirma el Curso:

«El amor espera la bienvenida… y el mundo real no es sino tu bienvenida a lo que siempre fue (T-13.VII.9:7)».

Por lo tanto, una vez que nos volvemos a unir con este amor, que hemos tomado la mano de Jesús, la cual nos recuerda Quién somos verdaderamente, todas nuestras preocupaciones desaparecen inevitablemente. Puesto que el contenido de nuestros problemas era la separación del amor, el deshacerlos simplemente radica en que nos unamos con él nuevamente. Ese es el significado de la alusión a la aseveración bíblica de que cuando hayamos buscado el amor del Reino de los Cielos, todo lo demás «se nos ha dado»: hemos recordado la paz y el amor que es nuestra única Respuesta.

El canto de oración continúa, y Jesús se torna incluso más específico:

«El secreto de la verdadera oración es olvidar las cosas que crees necesitar. Pedir lo específico, es muy similar a reconocer el pecado y luego perdonarlo (O-1.1.4:1-2)».

«Verdadera oración» es el término que Jesús utiliza para referirse a los tramos superiores de la oración, el verdadero significado de unirse con el Amor de Dios. Un poco más adelante en el folleto, él compara el proceso de la oración con una escalera. El orar por cosas específicas, o el buscar guía para respuestas específicas, refleja los escalones inferiores de la escalera. A esto se le denomina «pedir-desde-la-necesidad», y siempre implica «sentimientos de ser débil e inadecuado, y jamás podrían ser realizadas por un Hijo de Dios que sepa Quién es (O-1.II.2:1)». Por lo tanto, cualquiera que se sienta inseguro de su Identidad no puede evitar el orar en estas formas.

Claramente el propósito de Jesús aquí no es hacer que las personas se sientan culpables al incurrir en estas formas mágicas de la oración, sino simplemente recordarles lo que en verdad quieren. Siempre se debe empezar por el principio, y Un curso de milagros jamás sugeriría que sus estudiantes deben saltar los pasos necesarios para alcanzar su meta de verdadera paz. Son estos pasos los que permiten que Dios dé Su «paso final» de elevar a Sus hijos nuevamente hasta el Cielo:

«Dios Mismo dará este paso final. No te niegues a dar los pequeños pasos que se te pide para que puedas llegar hasta Él (L-pl.193.13:6-7)».

Sin embargo, aquí en las páginas iniciales del folleto, Jesús está intentando corregir los errores que sus estudiantes, así como Helen, estaban cometiendo en los comienzos de la vida pública del Curso. Él les está recordando a las personas que ellas son tentadas a conformarse con las pequeñas migajas que el ego les ofrece, cuando en su lugar pueden tener el hermoso canto de su Identidad como Cristo:

«El Hijo de Dios no pide mucho, sino demasiado poco (T-26.VII.11:7)».

Este punto se hace más claro en el próximo pasaje:

«De la misma manera, también en la oración pasas por encima de tus necesidades específicas tal como tú las ves, y las abandonas en Manos de Dios. Allí se convierten en tus regalos para Él, pues Le dicen que no antepondrás otros dioses a Él; ningún Amor que no sea el Suyo. ¿Cuál otra podría ser Su Respuesta sino tu recuerdo de Él? ¿Puede esto cambiarse por un trivial consejo acerca de un problema de un instante de duración? Dios responde únicamente por la eternidad. Pero aún así, todas las pequeñas respuestas están contenidas en ésta… No hay nada que pedir porque no queda nada que desear (O-1.1.4:3-8;5:6)».

Así que cuando nos sentimos indecisos o inseguros de una situación, y desconocemos qué debemos hacer, se nos pide que alcemos la atención de nuestras mentes por encima del campo de batalla en el cual creemos existir, y donde continuamente buscamos «un trivial consejo sobre algún problema de un instante de duración». Al abandonar el campo de batalla, nos reunimos con la presencia amorosa de Jesús o del Espíritu Santo, y de ese modo se nos recuerda que todo lo que queremos es la paz de Dios. Desde ese lugar de paz y de amor dentro de nuestras mentes, volvemos nuestra atención hacia la situación que estamos confrontando. De nuevo en el campo de batalla, pero portando la memoria de nuestra verdadera meta, inevitablemente reconoceremos lo que debemos hacer. Hemos hecho nuestra parte al eliminar nuestro miedo a la unión –la interferencia a nuestra conciencia de la presencia del amor- y la Respuesta fluirá entonces a través de nuestras mentes en la forma que necesitemos oír: «No hay nada que pedir porque ya no hay nada más que desear». Así que Jesús le ha planteado la pregunta a todos sus estudiantes: ¿Es la pequeña respuesta que recibes a una pregunta específica lo que realmente quieres, cuando en su lugar puedes tener la paz de Dios, y la certeza de tus próximos pasos en este mundo ilusorio? Las pequeñas respuestas están contenidas en la única Respuesta, pero no viceversa; traemos las ilusiones a la verdad, no la verdad a las ilusiones.

Esta enseñanza, por consiguiente, consta de una «serie de lecciones» que Jesús le mencionó a Helen en su mensaje preliminar para ella. Él le estaba recordando, nuevamente en este período final de su vida, que recordara quién era ella, y que ya no era necesario fingir que ella era alguien que no era. Su vida como Helen podía expresar entonces su realidad como amor. Como ya hemos visto, sin embargo, estas lecciones no tuvieron un efecto observable. De hecho, Helen habría de elegir dilatar este paso hasta el momento de su muerte.

Regresamos al folleto, donde Jesús retorna a las experiencias de las personas en los peldaños inferiores de la escalera, y a la necesidad de ayuda:

«Este no es un nivel de oración que todo el mundo puede alcanzar por ahora. Aquellos que no lo han alcanzado aún necesitan tu ayuda en la oración, porque su pedir no se basa todavía en la aceptación. La ayuda en la oración no significa que otro media entre Dios y tú. Pero sí significa que otro está a tu lado y te ayuda a elevarte hacia Él (O-1.1.6:1-4)».

El lector puede recordar aquí las palabras de Jesús para Helen antes de que comenzara El canto de oración (vea anteriormente, pág. 490), las cuales refuerzan la unión de ella con otros al fortalecerles su habilidad para «oír» por sí mismos. Cito nuevamente el recordatorio que Jesús nos hace en el texto: «Todos mis hermanos son especiales (T-1.V.3:6)».

Comentando una vez más sobre los diferentes niveles de la oración, podemos extrapolar los diferentes niveles en que se puede entender a Jesús, e incluir qué significa el relacionarse con él. En Un curso de milagros, Jesús explica que no podemos ni siquiera pensar en Dios sin un cuerpo, o en alguna forma que creamos reconocer (T-18.VIII.1:7). Por lo tanto, como lo explica más adelante un importante pasaje del texto:

«Puesto que crees estar separado, el Cielo se presenta ante ti como algo separado también. No es que lo esté realmente, sino que se presenta así a fin de que el vínculo que se te ha dado para que te unas a la verdad pueda llegar a través de lo que entiendes. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Uno, de la misma manera en que todos tus hermanos están unidos en la verdad cual uno… La función del Espíritu Santo es enseñarte cómo experimentar esta Unidad, qué tienes que hacer para experimentarla, y adónde debes dirigirte para lograrla.
De acuerdo con esto, se considera al tiempo y al espacio como si fueran distintos, pues mientras pienses que una parte de ti está separada, el concepto de unidad unida cual una sola no tendrá sentido… [por consiguiente esta Unidad tiene que] utilizar el idioma que dicha mente entiende, debido a la condición en que esta mente cree encontrarse
(T-25.1.5:1-3;6:4; 7:1,4)».

Así pues, tenemos que hablar de Jesús en dos niveles: el primero es el metafísico, en el cual su amor y su presencia es abstracta y no-específica, como es conocido por la sacerdotisa, y el cual puede ser simbolizado por el agua en nuestro ejemplo del vaso; el segundo refleja nuestra experiencia dentro del sueño, donde lo conocemos como un cuerpo con una personalidad, puesto que creemos que nuestra identidad está arraigada en el ámbito corpóreo. El amor y la presencia de Jesús, por lo tanto, son transmitidos a través de nuestras mentes separadas las cuales creen que estamos en cuerpos, y por consiguiente nuestra experiencia de él como persona es determinada por la forma particular del vaso que está constituido por nuestras propias necesidades de aprendizaje.

Correspondientemente, el peldaño más bajo de la escalera descrita en El canto de oración consiste en pedir cosas, porque creemos que nuestra realidad está aquí en el mundo:

«En estos niveles la oración es un simple desear, el cual surge de una sensación de escasez y carencia (O-I.II.I:5)».
A medida que crecemos en el perdón y ascendemos la escalera de la oración, sin embargo, progresivamente nos hacemos conscientes de la naturaleza informe de la presencia del amor,

«hasta que [la oración] alcanza su estado informe, y se fusiona en total comunicación con Dios (O-I.II.I:3) ».

Esto concluye nuestra discusión de El canto de oración, y nuestra breve digresión para considerar la naturaleza de la oración y de Jesús, y para contrastar la ilusión y la realidad.