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sábado, mayo 22

"MÁS ALLÁ DEL DESPERTAR" (Jeff Foster)

UN MENSAJE LETAL

¿Quién puede entender este mensaje? Éste es un mensaje que apunta a la destrucción del buscador, a la aniquilación del que quiere respuestas.

Este mensaje es la muerte. ¿Y quién quiere realmente morir?

Precisamente por ello, este mensaje se rechaza con tanta frecuencia. Nadie quiere escuchar que todo lo que cree ser, todas sus esperanzas, sus sueños, sus ambiciones y sus logros; todas sus llamadas experiencias pasadas y todo lo que considera parte de su “vida” no es más que una ilusión, un relato, un sueño, un juego, una danza de la conciencia que se despliega ahora. Todo eso no es más que pensamiento. Y quizá ni eso siquiera.

¿Quién quiere escuchar ese mensaje?

Tú no puedes escuchar ese mensaje, porque tú no puedes entenderlo ni “alcanzarlo”.

La mente no puede aniquilarse a sí misma. La mente no puede ver más allá de sí misma. Todo intento de “entender” mentalmente este mensaje es sólo un intento de la mente de “acabar” consigo misma.

Pero, ¿realmente quieres morir? Por supuesto que no. Lo que crees ser, es una lucha contra la muerte y contra la impermanencia, la búsqueda de algo que es obvio, sencillo y presente. Lo que “tú” crees ser, te proporciona cierta noción de permanencia, te hace sentir que la historia de tu vida se extiende desde el pasado hasta el futuro y proporciona consuelo ante un mundo aparentemente terrible.

Pero, ¿qué realidad tiene todo eso? La “historia de mi vida” es una historia que se despliega ahora. “Mi pasado y mi futuro” son pensamientos que emergen ahora. Esa es toda la realidad que posee lo que crees ser. Por ello se dice que esta vida es un mero juego de apariencias.

Parece que existe un individuo, pero cuando lo consideramos con más detenimiento, aquí no hay absolutamente nadie.

Pero tampoco vamos a negar las apariencias, porque sólo una apariencia negaría las apariencias…

Sí, este mensaje es la muerte, pero en esa muerte también hay vida, porque la vida jamás está separada de la muerte.

Todo esto puede sonar muy fuerte y muy conceptual. Pero lo que estas simples palabras tratan de hacer (sin conseguirlo jamás) es señalar lo absolutamente evidente: sólo existe esto. Eso es, realmente, lo que quiero decir: sólo existe esto.

Ahora mismo, todo lo que crees ser se ha desvanecido ya en la memoria y, en cierto sentido, ya estás muerto. Pero también hay una vida aparente. Vida y muerte. Realmente ninguna diferencia.

EL FINAL DE SUFRIMIENTO

Este es el final del sufrimiento, porque es el final del “yo” que sufre.

Pero ello no significa que el sufrimiento no pueda todavía presentarse, sino tan sólo que, en el caso de que se presente, no se presentará ante alguien y, por tanto, no podrá realmente ser llamado “sufrimiento”, porque sólo alguien podría dar un nombre al sufrimiento y, en esa nominación, crearlo.

Nosotros somos los que creamos el mismo sufrimiento del que tanto nos esforzamos en desembarazarnos. Pero éste no es un nuevo mensaje porque, hace ya miles de años, el Buda se refirió claramente a él.

Decir que hemos creado nuestro propio sufrimiento implica que después de haberlo “comprendido” podemos, si nos esforzamos, acabar con él. Pero tal cosa es imposible, porque esa misma idea es la responsable del sufrimiento.

¿Existiría acaso el sufrimiento si no hubiera alguien que lo conociera como tal? ¿Habría sufrimiento si no hubiera nadie que quisiera desembarazarse de él?

¿Existe acaso el sufrimiento separado del deseo de liberarse del sufrimiento?

Todo lo que hay es esto, es decir, esta apariencia presente.

Y en esta apariencia presente también puede haber dolor físico.

Pero el dolor físico sencillamente no es un problema. No lo es, al menos hasta que el “yo” entra en escena y le llama “dolor”. Y con esa etiqueta llega también la implicación de que la experiencia presente es desagradable y la necesidad de desembarazarnos de ella.

Y eso, precisamente, es el sufrimiento. Resistencia es sufrimiento. De modo que resistirnos a la resistencia (el objetivo de la mayoría de las llamadas prácticas espirituales) no hace más que alentar e intensificar el problema.

No, el camino para salir del sufrimiento no pasa por la resistencia, ni tampoco por la aceptación.

La resistencia y la aceptación requieren de una persona separada de su sufrimiento, y lo cierto es que, en este mismo instante, la persona separada del sufrimiento no es más que un relato.

No, la forma de salir del sufrimiento no pasa por ningún movimiento con respeto al sufrimiento. Cualquier movimiento con respecto al sufrimiento no hace más que consolidarlo, cualquier movimiento con respecto al sufrimiento no hace más que perpetuar la misma enfermedad que pretende curar.

El único camino para salir del sufrimiento pasa por la muerte del que sufre.

Pero no estoy hablando de la muerte física, porque eso sería demasiado sencillo.

El verdadero camino para salir del sufrimiento pasa por una muerte más radical que la muerte física. La muerte física ocurre en el tiempo, pero el camino para salir del sufrimiento está fuera del tiempo, porque el tiempo es el que, para empezar, ha creado el sufrimiento ().

El camino para salir del sufrimiento pasa por el mismo sufrimiento.

Recordemos a Jesús en la cruz.

¿Quién está, ahora mismo, sufriendo?
¿Quién es el que está molesto con la situación presente?
¿Quién quiere ahora liberarse de sus problemas presentes?

Cuando, en esos días, trataba de encontrar respuesta a todas estas cuestiones, cuando trataba de ver si existe alguien que sufre, es decir, alguien que pudiera liberarse de su sufrimiento, no encontré nada más que la búsqueda; es decir, no “encontré” absolutamente nada.

La vida que estoy tratando de entender es el yo que se empeña en comprenderla.

Sí. Y el sufrimiento del que trato de escapar es el mismo yo que está intentando huir.

LA MUERTE

Lo único que se pierde en el momento de la muerte es la historia del “yo”. Lo único que muere es la historia del individuo, y lo que perdura es lo que jamás nació.

Sólo la historia del “yo” ha entrado en la corriente del tiempo. Esa narración es, de hecho, la que crea el tiempo tal y como lo conocemos. Por ello, en el momento de la muerte, lo que se desvanece es el tiempo. Y eso significa que, en el momento de la muerte, todo lo que es falso se disuelve en la nada que engloba toda verdad y toda falsedad, en la nada que no está separada de todo lo que emerge.

Es innegable que la persona muere, pero eso de lo que emerge es indestructible, porque es ajeno al mundo aparente del tiempo y del espacio.

La muerte ya está aquí, para todos nosotros, porque no está separada de lo que somos. En la medida en que existe la creencia de que la muerte es algo que “me” sucederá en el futuro, la muerte es precisamente eso, algo que “me” sucederá en el futuro. El pensamiento crea el mundo.

Celebremos, pues, la muerte, porque no es el enemigo. Llega (aparentemente) al individuo en el momento en que llega y, desde cierto punto de vista, es la única certeza de la vida.

Pero, desde otra perspectiva, la muerte no existe. Y desde otra perspectiva, la muerte es esto. Pero, en realidad, no existe ninguna perspectiva.

Todo emerge y se disuelve simplemente en este espacio abierto, en esta inmensidad que sostiene toda manifestación. “Yo” emerjo en esta inmensidad y también emerge en ella la historia de que “soy un individuo separado” y la de que “un día moriré”. Independientemente, sin embargo, de que emerja y de que se disuelva, la inmensidad permanece inmaculada. La inmensidad lo admite incondicionalmente todo, incluida la emergencia y disolución del individuo, es decir, incluida mi vida aparente y mi aparente muerte.

“Tú” en realidad nunca morirás, porque jamás has nacido. Lo único que existe es este inmenso espacio abierto en el que emergen y se disuelven todas las ideas sobre nacimiento, vida y muerte. Todo está bien, porque todos nuestros problemas y, de hecho, todos los problemas del mundo, son meras historias que emergen en esta inmensidad, una inmensidad que permite que todo sea exactamente tal cual es.

Sí, todo está bien. En el dolor, en la tristeza, en la alegría y en la locura, todo está bien. La muerte siempre ha sido una historia contada para asustarnos.

QUIZÁ ESTO SEA EL AMOR

¿Por qué pretendemos estar separados de los demás?

El fundamento de todas las cosas es el amor. Pero nosotros erigimos divisiones y fronteras que luego afirmamos que forman parte del orden natural de las cosas, negando nuestra participación en la creación de la ilusión de un mundo objetivo “fuera de aquí”, cuando hasta los niños saben que el mundo siempre ha estado “aquí”.

Y, con esta separación ilusoria, llega la ansiedad, la soledad y el aburrimiento. Pero tal vez esa sea una bendición, porque quizá, en medio de la frustración y de la desesperación emerjan nuevas posibilidades.

O quizá no.

En cualquier caso, sólo hay que mirar al mundo que hemos creado para darse cuenta de que hay algo equivocado. La mayoría de las personas están asustadas, cerradas y atrapadas en sus caminos. Se consideran meros peones del destino en un universo determinista, y así es como pasan la mayor parte de su vida, como si el mundo “fuera de aquí” (signifique eso lo que signifique) les hubiera conducido hasta lo que ahora son.

Pero esa no es más que una hermosa ilusión.

¿Quién eres ahora?
¿Quién o qué está percibiendo ahora estas palabras?
¿Quién es, en este momento, consciente de las imágenes y de los sonidos de esta habitación?
¿Tú? ¿Y quién eres “tú”? ¿Eres acaso el mismo “tú” que hace cinco años, el mismo que cuando eras niño? ¿Ha cambiado ese “tú” con el paso del tiempo?
¿Y quién es consciente de ese cambio?

Ya ves, ahora mismo hay imágenes, sonidos y olores y, junto a ellas, también hay una idea de ti como individuo, como persona, como entidad de algún tipo que tiene un pasado y un futuro.

Pero ¿en qué y en quién emerge ahora todo eso? Si eres sincero, tendrás que admitir que aquí no hay nadie. Lo único que hay son imágenes, sonidos y olores (pero no palabras ni conceptos, sino la realidad a la que apuntan esas palabras, es decir, imágenes, sonidos y olores presentes), sin nadie que las esté viendo, escuchando y oliendo. Sólo sensación pura, eso es todo. Y entonces podría aparecer la idea de que o , con lo cual nos veríamos obligados a responder a la auténtica cuestión: ¿quién está en el centro de todo esto?

¿Y qué podemos decir de otros yoes aparentes? Cuando aparece alguien en escena, emerge el pensamiento de que .
Y con ello, también emerge la violencia.

En realidad, cuando aparece “otro”, yo no tengo idea de lo que está frente a mí, si esa persona habla, parecemos mantener lo que se conoce como una “conversación”. Pero ¿existe realmente alguna separación entre nosotros? ¿No es acaso esa separación una construcción del pensamiento? ¿Y no somos, tú y yo, lo mismo?

Pero el mundo sigue su curso y, con él, la ilusión de separación. Vivimos como si estuviésemos separados y, con ello, llega el aislamiento, la soledad, la ansiedad, el deseo de ser famoso y la desesperación por ser superiores a los demás. Separación es violencia, y violencia es separación. ¿Hubiese sido el Holocausto posible si los nazis no hubieran alentado la idea de que los judíos eran muy diferentes a los arios? ¿No está, en la raíz de todo esto, la noción de separación entre “nosotros” y “ellos”? ¿Y no podríamos decir exactamente lo mismo de cualquier guerra y de cualquier genocidio?

Ahora mismo, no hay “yo” y, en consecuencia, tampoco hay “tú”. Es cierto que estas ideas pueden presentarse, pero aparecen ahora y emergen para nadie. Flotan en la conciencia junto a las imágenes, los sonidos de la habitación y hasta la imagen de tu cuerpo aparente. “Tú” no eres para mí más que una idea (aunque esto no significa negar el cuerpo, los sonidos que aparentemente emites, etcétera).

Quizá esta división jamás desaparezca, no lo sé. Pero el mundo sigue su curso y, con él, la locura de la violencia. La violencia forma parte del mismo entramado de lo que creemos ser y no puede eliminarse practicando lo que llamamos “amor”. Nuestra única oportunidad aparece cuando la violencia se disuelve, es decir, sólo cuando vemos a través de ella.

El amor no es algo que hagamos, sino algo que somos, pero esto se ve oscurecido por la ilusión de separación, aunque, en realidad, jamás se oscureció, porque siempre está aquí y nunca hemos dejado de serlo. Quizá nuestro empeño en “ser alguien” en este mundo nos lleva a olvidarlo. Quizá, cuando niños, conocíamos la verdad de que este momento es lo único que tenemos. En este momento –y sólo en él– somos uno. La separación no es más que la ilusión del pasado y del futuro.

Quizá esto sea el amor, este momento y todo lo que emerge de él. Quizá.