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miércoles, noviembre 25

"LOS MENSAJES OCULTOS DEL AGUA (Masaru Emoto)

PRÓLOGO

Conforme leas este libro, me gustaría que evaluaras tu vida. De manera más específica que te preguntaras si eres feliz.

Claro que tu definición de felicidad dependerá de quién eres –pero, ¿acaso tienes una sensación de paz en tu corazón, un sentimiento de seguridad sobre tu futuro y un sentimiento de anticipación cuando te despiertas por la mañana?-. Si podemos llamar a esto felicidad, ¿entonces dirías que en este momento eres feliz?

Creo poder afirmar con certeza que no mucha gente será capaz de responder a esto con su rotudo. La mayoría de las personas son incapaces de decir que su vida es todo lo que esperaban que fuese. ¿Qué es lo que nos produce tanto dolor? ¿Qué ocurre en el mundo que impide ser feliz a tanta gente?

Me parece que vivimos en una época de caos. El caos describe una condición de confusión, de materia desorganizada, la cual existía antes de la creación del cosmos.

El sólo hecho de ir por la vida nos agota y nos fatiga. Los periódicos y la televisión nos bombardean con información, el trabajo nos enfrenta con problemas y desavenencias. Las causas de nuestros problemas parecen numerosas y abrumadoras.

Quizá esto suceda en cualquier lugar del mundo al que vayamos. Este pequeño planeta nuestro está lleno de problemas económicos, desacuerdos domésticos, prejuicios étnicos, guerras religiosas y de todos los conflictos imaginables. Y todas las noticias negativas sobre gente que sufre, que goza al ver ese sufrimiento, que se enriquece, o se empobrece, los oprimidos y los opresores, llegan a nosotros en cuestión de segundos, incluso desde el otro lado del planeta.

Tal vez nos preguntemos, ¿quién es el responsable de este sufrimiento?. El mundo se está convirtiendo en un lugar cada vez más dividido, enajenado y complicado. Aunque ya estamos inmersos hasta el cuello en el caos, los problemas parecen hacerse más y más profundos.

Algo que todos tenemos en común es que buscamos una salida, una respuesta, y es tan sencilla y efectiva que hasta ahora se nos ha escapado.

Entonces, ¿cuál es la causa de este caos? ¿Qué hay en el núcleo de todo esto? Sea lo que sea, ha alejado al mundo de la armonía y lo empuja hacia la discordia.

Tal vez éste sea un fenómeno inevitable. Aunque todos pertenecemos a la misma especie, si vivimos en lugares distintos y tenemos costumbres diversas. Nuestra manera de pensar tiende a ser diferente.

Y para empeorar las cosas, a la mayoría de la gente le cuesta trabajo aceptar lo que es distinto de aquello que la rodea. El resultado es una interminable serie de problemas y sufrimientos. Parecería que mientras la gente sea gente, cualquier solución propuesta está destinada a fracasar.

Y así regresamos al punto de partida. ¿Alguna vez habrá una solución aplicable a todas las personas, que pueda convencer a todos y sea tan sencilla que cualquiera pueda entenderla?

En verdad, yo he encontrado la respuesta: el cuerpo humano promedio se compone de un 70 por ciento de agua.

Como fetos, comenzamos nuestra vida compuestos en un 99 por ciento de agua, y cuando alcanzamos la adultez, esa proporción se reduce al 70 por ciento. Si morimos a una edad avanzada, es probable que seamos alrededor del 50 por ciento de agua. En otras palabras, a lo largo de nuestra vida, nosotros existimos principalmente como agua.

Desde una perspectiva física, los humanos somos agua. Cuando me di cuenta de esto y comencé a mirar el mundo desde esta perspectiva, comprendí las cosas de una manera por completo nueva.

En primer lugar, me percaté de que esta conexión con el agua se aplica a todas las personas. Por lo tanto, lo que estoy a punto de decir es válido para todos en el mundo.

Creo que también he comenzado a ver la manera en que la gente debería vivir. Y ¿cómo podemos tener una vida feliz y sana? La respuesta es purificar el agua que constituye el 70 por ciento de tu cuerpo.

El agua de un río permanece pura porque está en movimiento. Cuando el agua se estanca, muere. Por lo tanto, el agua debe estar en circulación constante. El agua –o la sangre-, en el cuerpo de las personas enfermas suele estar detenida. Cuando la sangre deja de fluir, el cuerpo comienza a deteriorarse; y la sangre de tu cerebro se detiene, tu vida puede estar en peligro.

Pero, ¿porqué se estanca la sangre? Podemos ver este problema como estancamiento de las emociones. Los investigadores modernos han mostrado que la mente tiene un impacto directo en las condiciones del cuerpo. Cuando tienes una vida plena y placentera, tu cuerpo se siente mejor, pero cuando tu vida está llena de conflictos y tristeza, tu cuerpo lo sabe.

Cuando las emociones fluyen por todo tu cuerpo, esto te da una sensación de alegría que te encamina hacia la salud física.

Moverse, cambiar, fluir: en esto consiste la vida.

Si consideramos que antes de convertirnos en seres humanos éramos agua, estaremos más cerca de encontrar la respuesta a la pregunta básica de qué es un ser humano. Si tenemos una comprensión clara del agua, entenderemos mejor el cuerpo humano e incluso desvelaremos el misterio de por qué nacimos y existimos como lo hacemos.

Y, ¿qué es el agua? Quizá tu primera respuesta sea: “Es una fuerza vital”. Si perdiéramos un 50 por ciento del agua de nuestro cuerpo, no podríamos sobrevivir. El agua, transportada por la sangre y los fluídos corporales, es el medio por el cual los nutrientes circulan a través de nuestro cuerpo. Este fluir del agua nos permite una vida activa. El agua transporta la energía por todo nuestro cuerpo.

Este transporte de energía es similar a un vagón de carga que recorre nuestro organismo. Si el cuerpo está obstruído y contaminado, entonces la carga del vagón también se ensuciará, por lo que es esencial que el agua permanezca limpia.

Hoy más que nunca, la comunidad médica ha empezado a ver el agua como un transportador de energía, e incluso ya se la emplea en el tratamiento de enfermedades. La homeopatía es una rama de la medicina que reconoce el valor del agua.

La homeopatía surgió en Alemania en la primera mitad del siglo XIX con Samuel Hahnemann (1791-1843); pero sus raíces se remontan a Hipócrates (C.460-C.370 a.C.), padre de la medicina, quien describió varios tratamientos similares a los propuestos por la homeopatía. En esencia, estos pioneros de la medicina nos enseñaron a tratar las enfermedades con las mismas sustancias que las producen, es decir, “a combatir el veneno con veneno”.

Por ejemplo, si alguien sufre de envenenamiento por plomo, puede aliviar sus síntmas bebiendo agua que contenga una pequeñísima cantidad de plomo: ¡una cantidad que varía entre 1 parte de 10 elevado a doce (un billón) y 1 parte en 10 elevado a 400!.

A este nivel, para propósitos prácticos, la sustancia ya no permanece en el agua. Los que sí permanece son las características de la materia, que constituyen la medicina para tratar el envenenamiento por plomo.

La homeopatía propone que mientras mayor sea la dilución, mayor será la efectividad. La conclusión lógica es que cuanto más densidad tenga el veneno en el cuerpo, mayor debe ser el nivel de dilución.

Otra manera de expresar esta idea es que, en vez de utilizar el “efecto” de la sustancia para eliminar los síntomas, la información copiada en el agua cancela la información de los síntomas del veneno.

Así pues, el agua tiene la capacidad de “copiar y memorizar” información. También podemos decir que el agua de los océanos conserva recuerdos de las criaturas marinas. Es probable que los glaciares de la tierra contengan millones de años de historia del planeta.

El agua circula alrededor del globo terrestre, fluye por todo nuestro cuerpo, se expande al resto del mundo. Si fuéramos capaces de leer la información contenida en la memoria del agua, conoceríamos una historia de proporciones épicas.

Entender cómo funciona el agua es entender el cosmos, las maravillas de la naturaleza y la vida misma.

Yo he estudiado el agua durante muchos años. El descubrimiento de que el agua puede copiar información ha cambiado mi vida. Después de este hallazgo en Estados Unidos, lo traje conmigo a Japón, y desde entonces he utilizado esa maravillosa función del agua para ayudar a la gente a recuperar la salud.

Sin embargo, en aquellos años los médicos ni siquiera consideraban la posibilidad de que el agua de por sí misma tuviera propiedades curativas. Yo estaba y estoy plenamente convencido de que el agua es capaz de memorizar y transportar información, pero la comunidad médica ha rechazado por completo esta idea.

En 1988, el científico francés Jacques Benveniste realizó un experimento para probar los principios básicos de la homeopatía. Diluyó un medicamento en agua hasta el punto en que ya no era detectable por medios clínicos; entonces descubrió que esta dilución tenía el mismo efecto en los pacientes que la medicina sin diluir.

Un año después, envió sus resultados a la gaceta científica británica “Nature”, y al fin fueron publicados, pero con el comentario de que los resultados del experimento eran dudosos y carecían de pruebas físicas. La hipótesis ha permanecido olvidada desde entonces.

Siempre que alguien lleva a cabo investigaciones y experimentos que desafían a la comunidad científica, la reacción, en diferentes grados, suele ser la misma. Yo me pregunté muchas veces si sería posible encontrar evidencias físicas de la capacidad del agua para memorizar información: ¿habrá alguna manera de ver esto con el ojo físico?

Cuando tu corazón está abierto a otras posibilidades, observas pequeños cambios que pueden llevar a enormes descubrimientos. Un día, por casualidad, abrí un libro, estas palabras destacaban en la página: “No hay dos cristales de nieve idénticos”.

Claro que yo había aprendido lo mismo en la escuela primaria. Todos los copos de nieve caídos sobre la tierra durante millones de años han sido diferentes. Sin embargo, lo que leí en ese libro tuvo un significado completamente distinto para mí, porque mi corazón estaba abierto y receptivo al mensaje. Casi de inmediato pensé: “Si congelo agua y observo los cristales, cada uno tendrá una apariencia única”. Y ese momento marcó mi primer paso de la aventura hacia un mundo nuevo e inexplorado. Mi plan fue congelar agua y tomar fotografías de los cristales.

Como mi naturaleza nunca desea postergar la exploración de una idea fresca, de inmediato pedí a un joven investigador de mi compañía que comenzara a experimentar, pero era un campo en el que nadie podía asegurarnos que nuestros esfuerzos rendirían frutos. Por extraño que parezca, nunca dudé que lo harían. Sabía con certeza que mi hipótesis era correcta y los experimentos saldrían bien: tan sólo lo sabía. A menudo carezco de perseverancia, pero esta vez me rehusé a darme por vencido.

Mi primer paso fue alquilar un microscopio de muy alta precisión y observar agua congelada en un refrigerador casero. Sin embargo, como las fotografías se tomaban a temperatura ambiente, el hielo se derretía pronto. Pasó un tiempo antes de obtener una fotografía de los cristales.

Yo invitaba a cenar al joven investigador todas las noches y trataba de animarlo. Le decía que esperaba hiciera su mejor esfuerzo.

Tras dos meses de experimentos, por fin logramos una fotografía. El agua nos dio la foto de un hermoso cristal hexagonal. Cuando el investigador vino a darme la noticia, me emocioné.

Ahora cuento con un gran cuarto refrigerado donde la temperatura se conserva a -5 grados centígrados (23 grados fahrenheit). Pero todo empezó con aquella primera fotografía.

Si considero el método que usábamos y lo que ahora sé, me parece un verdadero milagro que pudiésemos obtener esa primera foto.

Si sabes que algo es posible dentro de tu corazón, en verdad lo es. Nosotros lo hacemos posible por medio de la voluntad. Lo que imaginamos en nuestra mente se convierte en nuestro mundo. Ésa es sólo una de tantas cosas que he aprendido del agua.

Las fotografías de cristales que empecé a tomar demostraron ser en extremo elocuentes para expresar el mundo. Encontré una profunda filosofía dentro de ellas. Los cristales se forman sólo durante veinte o treinta segundos; cuando la temperatura se eleva, el hielo comienza a derretirse. Las verdades del cosmos adquieren forma y se vuelven visibles, aunque sólo sea por unos instantes. Esta breve ventana de tiempo nos permite echar un vistazo a ese mundo en verdad mágico.

Mis esfuerzos por fotografiar cristales de hielo y realizar investigaciones progresaron. Un día, el investigador, tan involucrado en el proyecto como yo, propuso algo enteramente radical: “Veamos qué ocurre si exponemos el agua a la música”.

Yo sabía que era posible que las vibraciones musicales tuvieran un efecto en el agua. Y como disfruto mucho con la música –de niño había tenido esperanzas de convertirme en músico profesional-, estuve por completo de acuerdo con este experimento.

Al principio, no teníamos la menor idea de qué música ni bajo qué condiciones realizaríamos el experimento. Pero después de varias pruebas, llegamos a la conclusión de que tal vez el mejor método era el más sencillo: poner una botella con agua sobre una mesa en medio de dos altavoces y exponerla a un volumen al que una persona escucharía la música de manera normal. También necesitaríamos la misma agua utilizada en experimentos anteriores. Primero probamos con agua destilada de una farmacia.

Los resultados nos asombraron. La sinfonía “Pastoral” de Beethoven, con sus tonos brillantes y claros, dio como resultado hermosos y bien formados cristales. La “Sinfonía 40” de Mozart, refinada oración a la belleza, creó cristales delicados y elegantes. Y los cristales formados por el “Estudio en Mi Mayor, Op. 10 núm. 3” de Chopin, nos sorprendieron por sus preciosos detalles.

Toda el agua expuesta a la música clásica, generó cristales bien diseñados y con características distintivas. En contraste, la sometida a música violenta de heavy-metal produjo, si acaso, cristales fragmentados.

Pero nuestro experimento no terminó ahí. A continuación nos planteamos qué ocurriría si escribiéramos palabras o frases como “gracias” y “tonto” en pedazos de papel y los enrollábamos alrededor de las botellas con las palabras hacia dentro. No parecía lógico que el agua leyera la escritura, entendiera su significado y cambiara en consecuencia de forma. Gracias al experimento con música, sabía que podían ocurrir cosas extrañas. Nos sentíamos como exploradores que se adentraban en una selva virgen.

Los resultados de los experimentos no nos decepcionaron. El agua expuesta a la palabra “gracias” formó hermosos cristales hexagonales, mientras la sometida a la palabra “tonto”, produjo cristales similares a los de la música heavy-metal, malformados y fragmentados.

Experimentos posteriores mostratron que el agua sometida a expresiones positivas como ¡hagámoslo!, creaba cristales bonitos, bien formados, mientras la expuesta a frases como ¡hazlo!, difícilmente formaba algún cristal.

La lección que aprendimos de este experimento se relaciona con el poder de las palabras. La vibración de palabras amables tiene un efecto positivo en nuestro mundo, mientras que la de palabras imperativas, tiene un poder destructivo.

Conocer el agua es como descubrir el funcionamiento del cosmos, y los cristales revelados por el agua, son como un portal para entrar a otra dimensión. A medida que proseguimos nuestros experimentos con fotografías de cristales, descubrimos que estábamos a punto de subir las escaleras que conducen a la comprensión de las verdades profundas del cosmos.

Recuerdo una fotografía en particular. El cristal más hermoso y delicado que había visto hasta entonces, formado por las palabras “amor y gratitud”. Era como si el agua se hubiese regocijado por ello y lo celebrara con una flor en cierne. Un cristal tan bello, que puedo decir que cambió mi vida a partir de ese momento.

El agua me había enseñado la delicadeza del alma humana y el impacto que el amor y la gratitud pueden tener en el mundo.