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lunes, septiembre 14

"La Tempestad" (Gibran Khalil Gibran)

SATANÁS

El Padre Samaan era profundo conocedor de temas espirituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios del Paraíso, el infierno y el Purgatorio.

Su tarea era recorrer las aldeas del Norte del Líbano, predicando al pueblo, curando a las almas del mal y previniendo a los hombres contra las acechanzas de Satán, a quien el Padre Samaan, día y noche, combatía sin descanso.

Los campesinos lo respetaban y reverenciaban, y estaban siempre dispuestos a pagar sus consejos y oraciones con monedas de oro y plata. Y en toda colecta, aportaban los mejores frutos de su trabajo.

En una noche de otoño, cuando el Padre Samaan se dirigía hacia su solitaria aldea, atravesando un lugar desolado en medio de valles y colinas, oyó un grito angustioso proveniente de un lado del camino. Se detuvo, miró en dirección al lugar de donde provenía la llamada y vio a un hombre desnudo, tendido sobre el suelo. La sangre brotaba de las profundas heridas de su cabeza y de su pecho mientras gemía e imploraba socorro:

-¡Salvadme! ¡Socorredme! ¡Tened piedad de mí, me estoy muriendo!

El Padre Samaan miró, perplejo, hacia el caído diciéndose: "Este hombre debe ser un ladrón... Seguramente trató de asaltar a un viajero y fracasó; está ágonizando y, si muriera en mis brazos, me responsabilizarían de su muerte”. Así pensando, siguió su camino; mas el moribundo detuvo sus pasos gritando:

- ¡No me abandones! ¡No me abandones! ¡Me conoces y te conozco y moriré si no me socorres!

El Padre, entonces, se detuvo y palideció al pensar que estaba negando un auxilio, y con labios trémulos se dijo: "El ha de ser, sin duda, uno de los locos del bosque. El aspecto de sus heridas hace temblar mi corazón; ¿qué haré? ¿En qué puedo ayudarlo? Un médico de almas no cura cuerpos".

Y el Padre se alejó; mas, cuando había dado unos pocos pasos, el moribundo lanzó un gemido que conmovería hasta el corazón más duro. El Padre se detuvo nuevamente y oyó al herido que decía, con un jadeo:

-Acércate. Acércate, pues somos amigos desde hace mucho tiempo...

Tú eres el Padre Samaan, el Buen Pastor, y yo no soy ni un loco ni un ladrón. Ven a mi lado y te diré quién soy.

El Padre Samaan se acercó al hombre, se inclinó y lo contempló atentamente. Mas tan sólo vio un rostro extraño; un rostro lleno de contrastes; vio inteligencia y maldad; fealdad y belleza; perversidad y ternura... Irguiéndose, retrocedió de un salto exclamando:

-¿Quién eres? ¡Nunca te vi en mi vida!

Y el moribundo, con voz débil, dijo:

-No tengas recelo de mí, Padre, que hace tiempo que somos amigos. Levántame y llévame hasta el arroyo y lava mis heridas.

-¿Quién eres tú? Dímelo, pues no te reconozco ni recuerdo haberte visto.

Y el hombre respondió con voz agonizante:

-Me conoces muy bien. Me has visto ya mil veces, hablas de mí todo el día y te soy más querido que tu propia vida. Pero el Padre Samaan, sin reconocerlo, le respondió, enojado:

-¡Eres un impostor y un mentiroso! Un moribundo debiera decir la verdad... Jamás vi tu rostro
malvado en toda mi vida. Dime quién eres o te dejaré morir...

Y el herido, moviéndose trabajosamente, miró a los ojos del sacerdote y con una significativa
sonrisa en sus labios, le dijo con voz tranquila, profunda y suave:

-Soy Satanás.

Al escuchar la terrible palabra, el Padre Samaan dio un grito tan fuerte que sacudió los rincones más lejanos del valle, y, con los ojos llenos de espanto, miró nuevamente al herido, reconoció que su figura y sus heridas, coincidían con la figura y las heridas de Satán pintadas en una tela que colgaba de la pared de una iglesia de la aldea, representando el juicio Final. Entonces, exclamó trémulo:

-Dios me reveló tu rostro y me mostró tu figura infernal para alimentar mi odio por ti. ¡Maldito seas por siempre jamás! ¡La oveja enferma debe ser sacrificada por el pastor para que no infecte al rebaño!

Y el demonio respondió, con impaciencia:

-No te apresures, Padre, en perder tu tiempo pronunciando palabras vanas. Ven y cura mis heridas antes que la vida se escape de mi cuerpo.

Mas el sacerdote le dijo:

- ¡Las manos que ofrecen sacrificios a Dios no se mancharán tocando un cuerpo hecho de las
secreciones del Infierno! ¡Tú debes morir maldecido por las lenguas de las Edades, por los labios de la Humanidad, pues eres enemigo del Hombre y es intención confesa destruir toda virtud!

Satanás se movió angustiado, se apoyó en un codo y, dificultosamente se irguió respondiendo:

-No sabes lo que dices ni comprendes el crimen que cometes contra mi mismo.

Yo soy la razón de ser de tu bienestar y de tu felicidad. ¿Menosprecias mis beneficios y niegas mis méritos mientras vives a mi sombra? ¿No es mi existencia la justificación de tu profesión, y mi nombre el que da sentido a tu vida? ¿Qué otra profesión abrazarías si el destino decretase mi muerte y el viento esparciera mi nombre? Hace veinticinco años que recorres estas aldeas para prevenir a los hombres de las trampas, y ellos compran tus prédicas con dinero y con los frutos de sus campos. ¿Qué otra cosa comprarían de ti, mañana, sabiendo que su enemigo, el demonio, murió y que están libres de su maleficio?

"¿No sabes, con toda tu ciencia, que cuando la causa desaparece, las consecuencias desaparecen también? ¿Cómo aceptarás, entonces, que yo muera si con ello perderás tu posición y el pan de tu familia?

Calló Satanas. Y los rasgos de su rostro ya no expresaban réplica, sino confianza. Después, habló de nuevo:

-Óyeme, ¡oh!, impertinente ingenuo, y te mostraré la verdad que liga mi destino al tuyo. En la primera hora de su existencia, el hombre, de pie frente al sol, extendió sus brazos y exclamó:

-Tras las estrellas hay un Dios poderoso que ama el bien. Después, volviéndose de espaldas, vio su sombra en el suelo y gritó: En las profundidades de la tierra hay un demonio perverso, adorador del mal.

Y el hombre volvió a su grúta murmurando:

-Estoy entre dos dioses terribles, uno es mi protector y el otro mi enemigo.

Y durante siglos, el hombre se sintió dominado por ambas fuerzas; una buena, que él bendecía, y otra mala, que él maldecía.

Después, aparecieron los sacerdotes. Y esta es la historia de su aparición: Había, en la primera
tribu que se formó sobre la tierra, un hombre llamado Laús, que era inteligente pero lleno de prejuicios. Detestaba los trabajos manuales de que se vivía en aquella época, y muchas veces debía dormir con el estómago vacío.

Una noche de verano, cuando los miembros de la tribu estaban reunidos alrededor del jefe,
conversando mientras descansaban, uno de ellos se levantó de pronto en medio de la asamblea, elevó sus brazos al cielo y, poniendo en su voz toda la emoción que pudo fingir, dijo piadosamente:

-¡Posternaos hermanos míos y orad, pues el dios de las tinieblas está atacando al dios
incandescente de la noche. Y si vence el primero, moriremos, pero si triunfa el segundo, entonces viviremos. Orad para que venza el dios de la luna!

Y Laús continuó hablando hasta que la luna volvió a su brillo natural. Y los presentes quedaron maravillados y manifestaron su alegría con danzas y canciones. Y el jefe de la tribu dijo a Laús:

-Conseguiste esta noche, lo que ningún mortal consiguió antes que tú. Y descubrirste secretos del Universo que nadie entre nosotros conocía. regocíjate, pues a partir de hoy serás el segundo hombre de la tribu después de mí. Yo soy el más fuerte y el más valiente; y tú eres el más culto y el más sabio. Serás, por lo tanto, el intermediario entre los dioses y yo, y me revelarás sus secretos y me enseñarás lo que debo hacer, para merecer su aprobación y su benevolencia.

-Todo lo que los dioses me revelarán en mis sueños -respondió Laús-, yo te revelaré al despertar. Seré quien interceda entre los dioses y tú.

El jefe, satisfecho, obsequió a Laús con dos caballos, siete bueyes, setenta corderos y setenta ovejas. Y le dijo: "Los hombres de la tribu te construirán una casa igual a la mía y te ofrecerán, de cada cosecha, una parte de los frutos recogidos. Pero dime ¿quien es ese dios del mal, que se atreve a atacar al dios resplandeciente?”

-Es el demonio -respondió Laús-, el mayor enemigo del hombre, la fuerza que desvía el ímpetu del huracán hacia nuestras casas, la que manda secar nuestros plantíos y en ferma nuestros rebaños, la que se alegra con nuestra infelicidad y se entristece con nuestras alegrías. Necesitamos estudiar sus intenciones y tácticas para prevenir sus maleficios y frustrar sus artimañas.

El jefe apoyó su cabeza en el cayado y susurró:

-Sé ahora lo que ignoraba, y los hombres sabrán también lo que sé y te honrarán, Laús, porque nos revelaste el misterio de nuestro terrible enemigo y nos enseñanste a combatirlo.

Y Laús volvió a su tienda, eufórico por su habilidad e imaginación, mientras el jefe y los hombres atravesaron una noche poblada de pesadillas.

-Así aparecieron los sacerdotes en el mundo; y mi existencia fue la causa de su aparición. Laús fue el primero en hacer de la lucha contra mí una profesión. Más tarde, esa profesión evolucionó y progresó hasta convertirse en arte sutil y sagrado que solamente abrazan los espíritus maduros, las almas nobles, los corazones puros y la amplia imaginación.

En cada ciudad que nacía, mi nombre era el centro de las organizaciones religiosas, culturales, artísticas y filosóficas. Yo construía monasterios y ermitas sobre cimientos de miedo, y fundaba tabernas y burdeles sobre el gozo y la lujuria. Soy padre y madre del pecado.

¿Deseas que el pecado muera con mi muerte? ¿Aceptas que yo muera en esta soledad? ¿Deseas romper los lazos que existen entre tú y yo?

Es curioso que me esfuerce en mostrarte una verdad que conoces mejor que yo, y que es más útil a tus intereses que a los míos.

Ahora haz lo que quieras. ¡Cárgame sobre tus espaldas y llévame a tu casa y cura mis heridas; o déjame agonizar y morir aquí mismo!

Mientras hablaba Satanás, el Padre Samaan se frotaba las manos agitado. Después, con voz balbuceante como pidiendo disculpas, dijo:

-Sé ahora lo que ignoraba hace una hora, perdona, pues, mi ingenuidad. Sé que estás en el mundo para tentar, y la tentación es la medida con que Dios determina el valor de las almas.

Sé, ahora, que si murieras, moriría la tentación y desaparecerán contigo las fuerzas que obligan al hombre a ser prudente y a orar, ayunar y adorar. Debes vivir, porque sin ti, los hombres dejarán de temer al infierno y se hundirán en el vicio. Tu vida es, por lo tanto, necesaria para la Salvación de la Humanidad; y yo sacrificaré mi odio por ti en el altar de mi amor a los hombres.

Satanás lanzó una carcajada que sacudió el suelo.

- ¡Cómo eres de inteligente, Padre! -dijo-. Y qué conocimientos posees de teología! Has hallado, con el poder de tu inteligencia, una finalidad para mi existencia que yo mismo ignoraba. Ahora comprendemos ambos, nuestra mutua necesidad.

Aproxímate, hermano mío. Las tinieblas están cubriendo la campiña y la mitad de mi sangre se ha escampado sobre las arenas de este valle y, a menos que me ayudes, nada quedará de mí, sino los restos de mi cuerpo quebrado por la Muerte.

El Padre Samaan, entonces, arrolló las mangas de su hábito, se acercó a Satanás, y cargándolo sobre sus espaldas se encaminó hacia la casa.

En medio de aquellos valles silenciosos y cubiertos por el velo de la oscuridad, el Padre Samaan caminaba doblado por el peso de su carga. Su sotana negra y sus largas barbas estaban salpicadas por la sangre que se escurría sobre él, pero caminaba animado, con sus labios murmurando fervientemente una oración por la vida de Satanás agonizante...


CONÓCETE A TI MISMO

Salim Efendi Deaibes, en una noche lluviosa de Beirut, meditaba sobre la base de Sócrates: "Conócete a ti mismo".

-Sí, -decía-, ésta es la llave y la base de todo el saber. Necesito conocerme a mi mismo. Y levantándose, se paró frente a un enorme espejo y, después de contemplarse largamente, comenzó a enumerar sus características:

-Soy de baja estatura. Así eran Napoleón y Víctor Hugo.
-Tengo la frente estrecha. Así era la de Sócrates y Spinoza.
-Soy calvo. Así era Shakespeare.
-Tengo una nariz grande y aguileña. Así era la de Savonarola y Voltaire y George Washington.
-Tengo los ojos melancólicos. Así eran los de Pablo el Apóstol y Nietzsche.
-Tengo los labios gruesos. Así eran los de Aníbal y Marco Antonio…

Después de enumerar decenas de características semejantes, Salim concluyó: “Es mi personalidad. Es mi verdad. Soy un conjunto de cualidades que distinguieron a los grandes hombres desde el comienzo de la Historia. ¿Puede un hombre así dotado dejar de realizar algo grande en este mundo?”

Una hora más tarde, nuestro héroe estaba durmiendo vestido, sobre la cama deshecha, y sus ronquidos, más que la respiración de un ser humano, semejaban el ruido de un molino.


ESCLAVITUD

Los hombres son esclavos de la Vida, y es una esclavitud que llena sus días con miseria y desesperación, e inunda sus noches con lágrimas y angustia.

Siete mil años han pasado desde el día de mi primer nacimiento, y desde aquel día he presenciado los esclavos de la vida, arrastrando sus pesados grilletes. He recorrido el Este y el Oeste de la Tierra, y he vagado a la luz y a la sombra de la Vida. He visto las procesiones de la civilización moviéndose de la luz hacia la oscuridad, y cada una fue arrastrada al infierno por almas humilladas, doblegadas bajo el yugo de la esclavitud. El poderoso es reprimido y sometido, y el fiel se arrodilla adorando a los ídolos. He seguido al hombre desde Babilonia hasta El Cairo, desde Ain Dour hasta Bagdad y he observado las huellas de sus cadenas sobre la arena. He escuchado los ecos tristes de los cambiantes siglos, repetidos por las praderas y los eternos valles.

He visitado templos y altares y entrado a palacios, y sentado ante los tronos. Y vi al aprendiz ser esclavo del artesano, y al artesano ser esclavo del emperador, y al empleador ser esclavo del soldado, y al soldado ser esclavo del gobernador, y al gobernador ser esclavo del rey, y al rey ser esclavo del sacerdote, y al sacerdote ser esclavo del ídolo... y el ídolo es nada más que tierra modelada por Satanás y erigida sobre una pila de cráneos.

Entré en las mansiones de los ricos, y visité las chozas de los pobres. Encontré al infante mamando del pecho de su madre la leche de la esclavitud, y a los niños aprendiendo sumisión con el alfabeto.

Acompañé a los siglos desde las riberas del Ganges hasta las costas del Eufrates; desde la desembocadura del Nilo hasta las planicies de Asiria; desde las arenas de Atenas hasta las iglesias de Roma; desde los suburbios de Constantinopla hasta los palacios de Alejandría... Sin embargo, vi a la esclavitud moverse sobre todo, en una gloriosa y majestuosa procesión de ignorancia. Vi a la gente sacrificando jóvenes y doncellas a los pies del ídolo, llamándolo el Rey; quemando incienso delante de su imagen, y llamándolo Profeta; arrodillándose y adorándolo, y llamándolo la Ley; peleando y muriendo por él, y llamándolo la Sombra de Dios sobre la tierra; destruyendo y demoliendo hogares e instituciones por su causa, y llamándolo Fraternidad; luchando y robando y trabajando por él y llamándolo Fortuna y Felicidad; matando por él, y llamándolo igualdad.

Posee varios nombres, pero una realidad. Tiene muchas apariencias, pero está hecho de un solo elemento.

En verdad, es un mal eterno legado por cada generación a su sucesor.

Encontré la esclavitud ciega, que ata el presente de las personas al pasado de sus padres, y los incita a ceder a sus tradiciones y costumbres poniendo espíritus ancianos dentro de los nuevos cuerpos. Encontré la esclavitud muda, que liga la vida de un hombre, a una esposa que aborrece, y coloca el cuerpo de una mujer en el lecho de un esposo odiado, desvitalizando ambas vidas espiritualmente. Encontré la esclavitud sorda, que sofoca el alma y el corazón, dando al hombre sólo el eco vacío de una voz, y la lastimosa sombra de un cuerpo.

Encontré la esclavitud coja que pone el cuello del hombre bajo el dominio del tirano y somete cuerpos fuertes y mentes débiles a los hijos de la Codicia para ser usados como instrumento de su poder. Encontré la esclavitud cruel, que desciende con el espíritu del infante desde el amplio firmamento hasta el hogar de la miseria; donde la Necesidad vive junto a la Ignorancia, y la Humillación reside al lado de la Desesperación. Y los niños crecen como miserables, y viven como criminales, y mueren como despreciados y rechazados seres inexistentes. Encontré la esclavitud sutil, que nombra a las cosas de otra manera... llamando inteligencia a la astucia, y vacío a la sabiduría, y debilidad a la ternura, y cobardía a un firme rechazo.

Encontré la esclavitud retorcida, que hace que la lengua de los débiles se mueva con miedo, y hable sin sentimiento, y ellos fingen estar meditando su súplica, pero son como sacos vacíos que hasta un niño puede doblar y colgar.

Encontré la esclavitud sumisa que induce a una nación a cumplir con las leyes y reglas de otra nación, y la sumisión es cada día mayor.

Encontré la esclavitud perpetua, que corona a los hijos de monarcas como reyes, sin ofrecer
consideración al mérito. Encontré la esclavitud negra, que marca para siempre con vuergüenza y desgracia a los hijos de los criminales.

Al contemplar la esclavitud, vemos que posee los viciosos poderes de continuación y contagio.
Cuando me cansé de seguir detrás de los disolutos siglas y me aburrí de observar procesiones de gente apedreada, caminé solitario por el "Valle de la Sombra de la Vida, donde el pasado trata de esconderse detrás de las culpa, y el alma del futuro se repliega y descansa demasiado tiempo. Allí, al borde del Río de Sangre y Lágrimas que se arrastraba como una víbora ponzoñosa y se retorcía como los sueños de un criminal, escuché el asustado susurro del fantasma de esclavos, y contemplé la nada.

Cuando llegó la medianoche y los espíritus emergieron de sus escondites, vi a un cadavérico y agonizante espectro caer de rodillas, contemplando la luna. Me acerqué diciendo:

-¿Cuál es tu nombre?
-Mi nombre es Libertad -contestó esta espantosa sombra de un cadáver.
-¿Dónde están tus hijos? -le pregunté. Y la libertad, llorosa y débil, jadeó.
-Uno murió crucificado, otro murió loco, y el tercero todavía no ha nacido.

Se fue cojeando, hablando todavía, pero las lágrimas en mis ojos y los gritos de mi corazón no me impidieron ver ni oír.