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sábado, septiembre 19

"EL ÁRBOL DEL AMOR" (Osho)

Este pequeño libro es una ducha de amor para todo nuestro ser. Osho, a través de esta historia, nos lleva hacia dentro, hacia muy dentro de nosotros mismos. En una ocasión oí que Osho decía que él era un “narrador de historias”. Y estar en presencia de este gran “narrador”, cuando las cuenta, es sumergirse dentro de un océano de amor…











… He oído contar la historia
de un antiguo y majestuoso árbol,
cuyas ramas se extendían hacia el cielo.

Al llegar la estación
de las flores,
mariposas de todas las formas,
tamaños y colores,
bailaban a su alrededor.
Las aves de países lejanos
se le acercaban y cantaban
cuando florecía y daba frutos.

Las ramas,
como manos extendidas,
bendecían a todos los que acudían a sentarse
bajo su sombra.



Un niñito solía venir a jugar
junto a él
y el gran árbol se encariñó con el pequeño.

El amor entro lo grande y lo pequeño
es posible,
si el grande no es consciente de su grandeza.

El árbol no sabía que era grande,
sólo el hombre es consciente de eso.

La prioridad de lo grande siempre es el ego,
pero para el amor
nadie es grande o pequeño.
El amor abraza a quienquiera que se le acerque.

Así, el árbol comenzó a sentir amor hacia
ese pequeño que solía ir
a jugar cerca de él.
Sus ramas eran altas,
pero las inclinaba hacia el niño,
de modo que pudiera recoger
sus flores y sus frutos.

El amor siempre cede;
el ego nunca está dispuesto a inclinarse.

Si te acercas al ego,
sus ramas se estirarán aún más hacia lo alto;
se pondrá rígido
para que no puedas alcanzarlo.

El niño juguetón se acercaba a él,
y el árbol inclinaba sus ramas.
El árbol se alegraba mucho
cuando el niño le cogía algunas flores;
todo su ser se llenaba
con la alegría del amor.

El amor siempre es feliz cuando puede dar algo;
el ego siempre está contento
cuando puede recibir algo.


El niño creció.

A veces dormía en el regazo del árbol,
a veces comía sus frutos
y en ocasiones lucía una corona
con las flores del árbol
y actuaba como un rey de la jungla.

Uno se vuelve como un rey
donde quiera que haya flores de amor,
y uno se vuelve pobre y desgraciado
siempre que las espinas del ego están presentes.

Ver al niño
danzando con una corona de flores,
llenaba al árbol de emoción,
de alegría.
Asentía con amor,
cantaba con la brisa…

El niño creció aún más.
Comenzó a trepar al árbol
para mecerse en sus ramas.

El árbol se sentía muy contento
cuando el niño descansaba entre sus ramas.

El amor se siente feliz
cuando aporta bienestar a alguien;
el ego se siente feliz incomodando.

Con el paso del tiempo,
el niño recibió el peso de nuevas tareas.

Surgió la ambición;
tuvo que pasar exámenes;
tenía amigos con los que conversar y curiosear,
por lo tanto, no acudía con la misma frecuencia.

Pero el árbol lo esperaba ansiosamente.

Desde su alma lo llamaba:
“Ven, ven. Te estoy esperando”.

El amor espera día y noche.
Y el árbol esperaba.

Se sentía triste cuando el niño no acudía.

El amor se siente triste
cuando no puede compartir;
el amor se siente triste cuando no puede dar.
El amor se siente agradecido
cuando puede compartir.

El amor rebosa felicidad
cuando puede entregarse totalmente.

A medida que crecía,
el niño visitaba cada vez menos al árbol.

El hombre que se vuelve grande,
cuyas ambiciones crecen,
encuentra menos y menos tiempo
para el amor.

El muchacho se encontraba ahora
absorto en asuntos mundanos.

Un día, cuando pasaba por su lado,
el árbol le dijo:
“Te espero, pero no vienes.
Te espero todos los días”.

El muchacho respondió:
“¿Qué tienes? ¿Porqué he de venir?
¿Tienes dinero?, ando en busca de dinero”.

El ego siempre se halla motivado.
El ego acudirá
si con ello se cumple algún propósito.
Pero el amor es inmotivado.
El amor mismo es su recompensa.

El árbol, sorprendido, dijo:
“¿Y vendrás únicamente si te doy algo?”
Aquello que se retiene no es amor.
El ego acumula,
pero el amor da incondicionalmente.

“No sufrimos esa enfermedad,
y por eso estamos alegres”,
dijo el árbol.

“Las flores brotan en nuestras ramas;
en nosotros maduran muchos frutos.
Damos una sombra tranquilizadora.
Danzamos con la brisa y
cantamos canciones.
Las aves inocentes saltan y trinan
en nuestras ramas,
aunque no tengamos dinero.

El día que nos involucremos con el dinero,
tendremos que ir a los templos
como hacen los hombres pusilánimes
para aprender a obtener la paz,
y para prender a encontrar el amor.

No, no necesitamos para nada el dinero”.

El muchacho dijo:
“Entonces,
¿para qué tendría que venir a visitarte?
Iré donde haya dinero.
Necesito dinero”.

El ego pide dinero
porque necesita poder.

El árbol pensó unos instantes y dijo:
“No vayas a ningún otro lado, amor mío.
Recoge mis frutos y véndelos.
Con eso obtendrás dinero”.

El niño se entusiasmó inmediatamente.
Trepó y cogió todas las frutas,
incluso las que no estaban aún maduras.
El árbol se sintió contento,
aunque algunas ramas se rompieron,
aunque cayeron algunas hojas al suelo.

Incluso recibir heridas
hace feliz al amor,
Pero aún obteniendo algo,
el ego no está contento.
El ego siempre desea más.

El árbol no se dio ni cuenta
de que el muchacho ni siquiera
miró atrás una sola vez para darle las gracias.
El aceptar su oferta de recoger
y vender los frutos,
era para él suficiente agradecimiento.

Durante largo tiempo el muchacho no regresó.
Ahora tenía dinero
y estaba ocupado haciendo más dinero.
Había olvidado totalmente al árbol.

Pasaron los años.
El árbol estaba triste;
anhelaba el regreso del muchacho
como una madre cuyos pechos
se hallan llenos de leche,
pero cuyo hijo se ha perdido.
Todo su ser está anhelando al niño,
busca enloquecidamente al niño
para que la alivie.
Tal era el grito interno de ese árbol.
Todo su ser estaba en agonía.

Después de muchos años,
el muchacho,
que ahora era un hombre,
fue a ver al árbol.

El árbol le dijo:
“Ven hijo mío. Ven, abrázame”.

El hombre respondió:
“Deja el sentimentalismo.
Eso era cosa de la niñez.
Ya no soy un niño”.

El ego toma al amor por una locura,
por una fantasía infantil.

Pero el árbol le invitó:
“Ven, balancéate en mis ramas.
Danza, juega conmigo”.

El hombre le respondió:
“Deja de decir tonterías.
Deseo construir una casa.
¿Puedes darme una casa?”

El árbol exclamó: “¿Una casa?...
Yo vivo sin una casa”.

Sólo los hombres viven en casas.
Nadie más vive en casas,
excepto el hombre.
Y ¿te das cuenta del estado en que se encuentra
debido al confinamiento entre cuatro paredes?
Cuanto más grandes son los edificios que construye,
más pequeño se vuelve.

“No vivimos en casas…
Pero puedes cortar y llevarte mis ramas,
Y con ellas podrás construir una casa”.

Sin perder tiempo,
el hombre trajo un hacha
y cortó todas las ramas del árbol.
El árbol era ahora
un mero tronco desnudo.

Pero al amor no le importan estas cosas,
aún a costa de entregarse a sí mismo
por el amado.
El amor es dar;
siempre está dispuesto a dar.

El hombre ni se molestó en agradecérselo al árbol.
Construyó su casa…
Y los días se convirtieron en años.

El tronco esperó y esperó.
Deseaba gritar,
pero ni siquiera tenía ramas u hojas
que le dieran fuerza.
El viento sopló, pero él no pudo
entregar al viento ningún mensaje.
Aún así,
su alma sólo contenía una plegaria:
“Ven, ven, amor mío.
Pero nada ocurría.

El tiempo pasó,
y el hombre era ahora un anciano.

Una vez pasó por allí y se detuvo junto al árbol.
El árbol preguntó:
“¿Qué más puedo hacer por ti?
Has venido después de mucho, mucho tiempo”.

El hombre dijo:
“¿Qué más puedes hacer por mí?
Quiero viajar a lejanos países para ganar más dinero.
Necesito un barco para viajar”.

Con alegría el árbol le dijo:
“Pero eso no es un problema, amor mío.
Corta mi tronco y haz un bote con él.
Estaré muy contento de ayudarte
a que viajes a países lejanos para ganar dinero…
Pero por favor,
recuerda siempre que estaré esperando tu regreso”.

El hombre trajo una sierra,
cortó el tronco,
construyó un bote y se fue navegando.

Ahora el árbol es un pequeño muñón.
Y espera a que su amado regrese.
Espera, espera y espera.
El hombre nunca regresará;
el ego sólo va allí donde puede obtener algo,
y ahora el árbol no tiene nada,
no tiene absolutamente nada que ofrecer.

El ego no acude allí
donde no puede lograr algún beneficio.
El ego es un eterno mendigo,
siempre pidiendo,
y el amor es bondad.
El amor es un rey.
¡Un emperador!
¿Existe acaso un rey más grande que el amor?.

Una noche
me encontraba descansando cerca de ese muñón.

El árbol me susurró:
“Ese amigo mío aún no ha regresado.
Estoy muy preocupado;
no sea que se haya perdido.
Puede haberse perdido en uno de esos lejanos países.
Puede que haya muerto.
¡Cuánto deseo recibir noticias suyas!
A medida que me acerco al fin de mi vida,
me sentiría satisfecho
si supiera algo de él.
Entonces podría morir contento.
Pero él no vendría ni aunque lo llamase,
porque ya no me queda nada que dar,
y él sólo entiende el lenguaje del obtener”.

El ego sólo comprende el lenguaje del obtener.
El amor es el lenguaje del dar.
No puedo decir más que esto.
Además, no hay nada más que decir que esto:
si la vida pudiese ser como ese árbol,
extendiendo ampliamente sus ramas,
de modo que todos y cada uno de nosotros
pudiéramos guarecernos bajo su sombra,
entonces podríamos comprender
lo que es el amor.

No hay escrituras, mapas o diccionarios para el amor.
No hay un manual de Principios para el amor.

Me preguntaba qué podría decir acerca del amor.
Es difícil describirlo.
El amor está simplemente presente.

Probablemente puedas verlo si vienes
y me miras a los ojos.
Me pregunto si lo puedes sentir cuando mis brazos
se extienden para abrazarte.

El amor. ¿Qué es el amor?
… Si no lo sientes en mis ojos,
en mis brazos, en mi silencio,
nunca podrá ser entendido con mis palabras.