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lunes, septiembre 7

"Autobiografía de un Yogui" (P. Yogananda)

El legado espiritual de Paramahansa Yogananda: "Un emisario de la luz..."

Capítulo 30 - LA LEY DE LOS MILAGROS

"El gran novelista León Tolstoi escribió una deliciosa historia, Los tres ermitaños; su amigo Nicolás Roerich la ha resumido como sigue:

En una isla vivían tres viejos ermitaños. Eran tan sencillos, que su única oración era: "Somos tres, Tú eres tres, ten misericordia de nosotros". Grandes milagros se manifestaron gracias a esta sencilla oración.

El obispo supo de los tres monjes y de su inadmisible oración, y decidió visitarlos para enseñarles las invocaciones canónicas. Llegó a la isla y dijo a los ermitaños que su petición celestial era inadecuada, enseñándoles muchas oraciones usuales. Después, el obispo partió en su barco. Vio luego una luz radiante que venía tras la nave y, cuando aquélla se acercó más, se dio cuenta de que se trataba de los tres ermitaños que, tomados de la mano y caminando sobre las olas, hacían grandes esfuerzos para alcanzar el barco.

-Hemos olvidado las oraciones que nos enseñó -gritaron al obispo cuando alcanzaron la embarcación-, y hemos venido a pedirle que nos las repita.

El asombrado obispo movió la cabeza de un lado a otro y les dijo con humildad:

-Continúen con su antigua oración...

¿Cómo fue posible que los tres santos caminaran sobre el agua?, ¿cómo logró Cristo resucitar su cuerpo crucificado?, ¿cómo pudieron Lahiri Mahasaya y Sri Yukteswar realizar sus milagros?.

La ciencia moderna no tiene aún la respuesta, a pesar de que, con el advenimiento de la Era Atómica el alcance de la mente mundial ha sido prodigiosamente ensanchado. La palabra "imposible" se hace cada día menos prominente en el vocabulario del hombre.

Las escrituras védicas declaran que el mundo físico opera bajo la ley fundamental de maya, el principio de relatividad y dualidad. Dios, la Única Vida, es la Absoluta Unidad. Él se presenta en la forma de las diversas y separadas manifestaciones de la creación cubriéndose con un falso velo irreal. Ese ilusorio velo de dualidad es maya. Muchos de los grandes descubrimientos científicos de los tiempos modernos han confirmado esta sencilla aseveración de los rishis.

La Ley del Movimiento de Newton es una ley de maya. "Para cada acción hay siempre una reacción igual y de sentido contrario; la acción y la reacción son, por lo tanto, exactamente iguales. "La existencia de una sola fuerza es imposible. Debe haber siempre, como en efecto así sucede, un par de fuerzas iguales y opuestas".

Todas las acciones naturales fundamentales evidencian su origen máyico. Por ejemplo, la electricidad es un fenómeno de repulsión y atracción; sus electrones y protones tienen cargas opuestas. Otro ejemplo: el átomo o partícula final de la materia es, como la Tierra misma, un magneto con sus polos negativo y positivo. Todo el mundo fenoménico está bajo el dominio inexorable de la polaridad, ninguna ley física ni química o de cualquier otra ciencia se halla libre de principios inherentemente opuestos o contrarios.

La ciencia física no puede, pues, formular leyes que escapen del campo de maya, la cual constituye la verdadera trama y estructura de la creación. La Naturaleza misma es maya; la ciencia material debe forzosamente operar con su ineludible esencia. En su propio dominio, maya es eterna e inagotable, los científicos del futuro no podrán hacer más que probar un aspecto tras otro de su variada infinidad. Así, la ciencia permanece en perpetuo flujo, sin que le resulte posible alcanzar nada definitivo; ella es ciertamente apta para descubrir leyes de un cosmos preexistente y en funcionamiento, pero incapaz de revelar al Único Hacedor y Operador de la ley. Las majestuosas masnifestaciones de la gravedad y la electricidad son ya conocidas, pero qué son la gravedad y la electricidad, ningún mortal lo sabe.

Dominar a maya fue la tarea asignada a la raza humana por los profetas milenarios. Elevarse sobre la dualidad de la creación y percibir la unidad del Creador se consideró la meta suprema del hombre. Aquellos que se aferran a la ilusión cósmica deben aceptar la esencial ley de polaridad de ésta: ley de flujo y reflujo; elevación y caída; día y noche; placer y dolor; bien y mal; nacimiento y muerte. Este sistema cíclico asume cierta angustiosa monotonía después de que el hombre ha pasado a través de algunos millares de nacimientos humanos; comienza entonces a dirigir su mirada, esperanzado, más allá de las compulsiones de maya.

Descorrer el velo de maya es descubrir el secreto de la creación. Aquel que así desnuda el Universo es el único monoteísta verdadero. Todos los demás están adorando imágenes paganas. Mientras el hombre permanezca bajo el dominio de las ilusorias dualidades de la naturaleza, el doble rostro de maya, como el de Jano, será su dios, y no podrá conocer al único Dios verdadero.

La ilusión del mundo, maya, al manifestarse en el individuo se denomina avidya, que literalmente significa “ausencia de conocimiento”, ignorancia, ilusión. Maya o avidya no pueden ser destruídas por medio de la convicción intelectual o del análisis, sino únicamente al alcanzar el estado interior de nirbikalpa samadhi. Los profetas del Antiguo Testamento y los videntes de todos los paises y de todas las épocas hablaron desde ese estado de conciencia.

Ezaquiel dijo: “Me condujo luego hacia el pórtico, el pórtico que miraba a Oriente, y entonces la gloria del Dios de Israel llegaba de la parte de Oriente, con un ruido como el ruido de muchas aguas, y la tierra resplandecía de su gloria”. A través del ojo divino situado en la frente (el Oriente), el yogui sumerge su conciencia en la omnipresencia, oyendo la Palabra u Om, el sonido divino de “muchas aguas”; las vibraciones de la luz, que constituyen la única realidad de la creación.

Entre el trillón de misterios del cosmos, el más extraordinario es el de la luz. A diferencia de las ondas sonoras, no necesita del aire u otro medio material para su transmisión; las ondas de luz circulan libremente por el vacío del espacio interestelar. Aun el hipotético éter, considerado como el medio interplanetario de la luz en la teoría einsteniana, que afirma que las propiedades geométricas del espacio hacen innecesaria la teoría del éter. Bajo cualquiera de estas hipótesis, entre todas las manifestaciones naturales, la luz permanece como la más sutil, la más libre de toda dependencia material.

En la gigantesca concepción de Einstein, la velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo) domina enteramente la Teoría de la Relatividad. Él demuestra matemáticamente que la velocidad de la luz es, hasta donde lo permite la capacidad de la mente finita, la única constante en un universo en continuo flujo. Todos los patrones humanos de tiempo y espacio dependen de la velocidad de la luz: la única magnitud “absoluta”. El tiempo y el espacio son factores relativos y finitos, no abstractos y eternos como hasta ahora fueron considerados. Su valor como patrones de medida sólo deriva de su relación con la velocidad de la luz.

Al unirse al espacio como una relatividad dimensional, el tiempo ha sido reducido a su verdadera naturaleza: la esencia misma de la ambigüedad. Con unos cuantos golpes ecuacionales de su pluma, Einstein ha desvanecido del cosmos toda realidad fija, excepto la de la luz.

En un desarrollo posterior de su Teoría del Campo Unificado, el gran físico trató de incluir en una sola fórmula matemática las leyes de la gravitación y del electromagnetismo. Al reducir la estructura cósmica a variaciones de una sola ley, Einstein se ha remontado a través de las edades hasta los rishis, quienes proclamaron la existencia de una sola estructura en la creación: una proteica maya.

En la época de la Teoría de la Relatividad han surgido las posibilidades matemáticas de explorar el átomo ultérrimo. Grandes hombres de ciencia están ahora afirmando abiertamente que no sólo el átomo es energía en vez de materia, sino que la energía atómica es esencialmente “sustancia mental”.

“La verdadera comprensión de que la ciencia física opera con un mundo de sombras es uno de los adelantos más significativos –escribió Sir Arthur Stanley Eddington en The Nature of the Physical World (la naturaleza del mundo físico)-. En el mundo de la física observamos el funcionamiento del drama cotidiano de la vida como un juego de sombras. La sombra de mi codo reposa sobre la sombra de la mesa, así como la sombra de la tinta fluye sobre la sombra del papel. Todo esto es simbólico; y permanece como un símbolo para los físicos. Más luego viene la Mente alquimista, y transmuta los símbolos. (…) Para poner la conclusión final en términos crudos, la sustancia del mundo es sustancia mental”.

Con la reciente invención del microscopio electrónico, se obtuvo una prueba definitiva de que la luz constituye la esencia de los átomos, así como de la ineludible dualidad de la naturaleza. El New York Times hizo, en 1937, un comentario respecto a la demostración del microscopio electrónico ante una asamblea de la Asociación Norteamericana para el Adelanto de la Ciencia.

“La corriente del conocimiento –dice Sir James Jeans en The Mysterious Universe (el universo misterioso)- se dirige hacia una realidad no mecánica; el universo principia a parecerse más a un gran pensamiento que a una gran máquina”.

Así, la ciencia del siglo XX está asemejándose a una página de los antiguos Vedas.

De la ciencia, entonces, si así debe ser, permítase al hombre aprender la verdad filosófica de que no existe un universo material; que su trama y urdimbre es maya, ilusión. El espejismo de su realidad se desvanece bajo el análisis. A medida que los aseguradores pilares que soportan la concepción de un cosmos físico se desvanecen, uno tras otro, bajo sus pies, el hombre percibe tenuemente la base idólatra de su confianza, y su transgresión al mandamiento divino: “No tendrás otros dioses fuera de Mí”.